Tus dulces ojos me dieron consuelo.
Mi propia agonía, la que sentía al pensar que no volverías, me carcomía. Fallé como una figura de seguridad al perderte luego de ese fatídico grito que resonó en cada rincón de la sierra. El solo pensar que realmente la luna te había seducido en esa vieja noche me quitó el sueño y mi vida entera.
Nunca tuve la intención de perder mi esperanza de volver a verte; que mis lágrimas sean testigo de ello.
Fueron muchos los que me dijeron que dejara de creer, que eran muchas las evidencias de que ya no volverías. Hubo ideas como la de un puma, trozos de tu pantalón, huesos esparcidos por todo el terreno... pero mis ojos no me engañan: estás aquí, inerte, reluciente.
No me importa el olor a azufre, ni tu piel pálida, ni tu ropa rasgada; solo tus ojos, un poco apagados, son evidencia de que, después de cuarenta y nueve años, finalmente te encontré...