El cielo de París se descolgaba en tintes de oro y violeta,
mientras el pulso en mis muñecas marcaba un ritmo violento.
El segundero era un puñal, la espera una tormenta secreta,
y el sudor en mis manos delataba el frío de mi desaliento.
A mi alrededor, el mundo giraba en risas ajenas;
amantes que entrelazaban dedos bajo la silueta de metal.
Había globos flotando, burbujas besando aires serenos,
y una melodía flotando en el ambiente, casi celestial.
Pero mi mente habitaba solo en el filo de tu ausencia,
cuatro inviernos de distancia acumulados en la piel.
Muriendo por comprobar si aún existía tu presencia,
allí donde el tiempo se congela, al pie de la Torre Eiffel.
Y de pronto, el tumulto se disolvió en un destello lejano:
apareciste tú, deteniendo el motor de mi pecho.
Tu silueta quebró la tarde, el horizonte se volvió humano,
y tu sonrisa intacta desarmó todo el dolor que había sufrido.
Corrí con el alma descalza a refugiarme en tu brazos,
me colgué de tu cuello y tu aroma derribó mis muros.
Volvió el primer beso, el parque, la música de nuestra historia,
los fantasmas del pasado se transformaron en planes futuros.
Me sostuviste las mejillas con la calma de quien regresa a casa,
tu boca rozó mi frente en un pacto sagrado y silente.
Entre risas rotas te confesé lo que por mi mente pasa:
_Aún te brillan los ojos como el sol de Oriente_.
Me miraste fijo, desnudando el alma que por ti suspira,
y tu réplica certera selló el destino de nuestras vidas:
_Y tú... tú todavía tiemblas de nervios cuando este hombre te mira_.