Cargando…

La Mandadera

oso
Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 7 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

La mandadera

In groups

Contenido de la publicación

La mandadera

Me despertó tu resplandor. Entraba por la ventana con una fuerza blanca, cegadora.

Borraste los contornos de la ventanas y transformaste los muebles en un manchón.

Habías plateado la laguna entera; el agua parecía una enorme lámina de metal rígido. Opacaste las luces del puente y la nave se esfumó.

Siempre vas rumbo al cenit. Te he visto tantas noches aparecer por un lado, trepar el cielo y caer lentamente por el otro, metida en tu mundo silencioso y de paso lento. Pero esta noche no. Esta noche fue diferente: estabas quieta, no te movías.

—¿Estás de trasnochada, quizás? —te pregunté.

Te quedaste mirándome fijo, cegadora. Durante unos segundos nos aplastó el silencio, hasta que hablaste.

—¡Pídeme lo que quieras! —dijiste—. Soy el universo.

No tuve mucho que pensar. Hay cosas que no sabes resolver y se transforman en miedo.

—No dejes que me saquen de aquí —te pedí—. Es el lugar que elegí para mis días y mis noches. Este lugar me lo mostró una vez el sol, alardeando de sus colores en un atardecer. Pintó el cielo, incendió el agua; hizo todo para enamorarme. Y lo consiguió. Este mundo mágico, salado y dulce, me protege. Me aleja de la contaminación humana y me camufla en su naturaleza salvaje y amable. Me da la brisa del mar que me tranquiliza y la laguna que me refresca la mente. Me da peces. Me da las gaviotas que patrullan mis dias. Me da garzas y cigueñas que disimulando chusmean cada cosa que hago. Me da la risa para poder vivir y me dará, algún día, la oportunidad de morir feliz.

—¡Bien! —fue lo único que respondiste.

Te pusiste una nube de capa y, en un acto de magia, te fuiste envolviendo lentamente hasta desaparecer.

—¡Espero que cumplas! —grité.

Unos segundos después, apartaste suavemente la nube y volviste a mirarme, cegadora. Seguías ahí.

—Vuélvete a dormir —me dijiste—. Y no soy sorda.

Acomodé la almohada y cerré los ojos. Los abrí un momento después y seguías allí, envuelta en tu nube, esperando que me durmiera.

No sé cuánto tiempo pasó. Me despertó el sol de la mañana y los chillidos de los chimangos en celo. La laguna ya no era de plata; había recuperado sus colores de siempre. Allí estaba el puente, con su forma de nave reflejándose en el agua, y las gaviotas en pleno patrullaje.

Por un instante me vino tu imagen a la cabeza y pensé que todo había sido un sueño. Pero no. Esta vez no. Estoy seguro de que no te soñé. Y sé que sí, vas a cumplir lo que te pedí, porque sé que anoche viniste porque te mandaron.

Gracias.

Related posts