Contemplo mi vaso medio vacío; ya pasé dos horas en este hoyo. Observo mi cara reflejada en la botella medio vacía; el cantinero de reojo me sigue mirando y no logro descifrar si su expresión es de asco o lástima. Tal vez sean las dos... qué importa.
Mis manos están sucias y agrietadas, mis brazos y ropa no se quedan atrás; mi cara tranquilamente se la podría confundir con la de un oso, tal vez no tan majestuosa como la de uno.
No sé si ya veo doble o si se están multiplicando, pero ya se formó toda una pared de botellas vacías. Perdí la noción del tiempo, pero ya veo la luna; esa sería la señal para que me vaya, pero no para siempre: mañana debo seguir con la racha de botellas.
Muchos dirán que es deprimente vivir así, pero es la única manera de no volverme completamente loco. Esta rutina lentamente me mata, pero a la vez me mantiene con vida. Podría sonar como un camino a la autodestrucción; quizás tengan razón, quizás me lo merezco, quizás...
Al despertarme me doy cuenta de que estoy en la calle. Un perro me orina la pierna; no lo detendré, él por lo menos es consciente la mayor parte del tiempo y no se orina encima. Dejaré que termine su trabajo y yo iré al mío.
Trabajo como leñador. La paga no es mucha, pero me es útil para mi sustento; quizás lo único llamativo de mí sean mis brazos, son fornidos por causa de mi labor, casi tan grandes como mi barriga.
Se podría decir que mi vida se basa en vivir para trabajar, trabajar para beber y beber para vivir; no es la vida de ensueño, pero me conformo... o eso pensaba hasta esa tarde.
Una vez escuché que pequeños sucesos pueden cambiar historias por completo; no creía mucho en eso hasta que algo me hizo replanteármelo. Una tarde, como de costumbre, estaba en mi hábitat natural bebiendo como Dios manda, pensando en no pensar, observando un maní al lado de un corcho, hasta que mi olfato, mi agudo olfato, detectó una fragancia distinta a la cotidiana. Deben tener en cuenta que de los once sacos de carne y pelos que están todos los días aquí, no sé suele emanar un aroma muy atractivo que digamos. Ese aroma era diferente: te cautivaba y tranquilizaba. Al girar mi cabeza para ver el origen de tales sentimientos, vi cómo pasaba por la ventana un ángel: los rizos y ojos marrones, su cara inocente y a la vez serena, su vestir encantador y su presencia que hacía ver a la cantina como un corral de cerdos sucios y sedientos.
Nunca había visto algo tan bello, pero como dicen, lo bello dura poco y por eso hay que apreciarlo lo más posible. Al intentar ponerme de pie para salir y seguir viendo esa presencia celestial, terminé desplomándome y golpeándome la cabeza contra la mesada.
Nota del autor:
¡Gracias por llegar hasta aquí! ¿Ven viable seguir escribiendo más partes de esta historia?