Saltar al contenido
Cargando…

NEWHELL - TERROR EN SANTA ELENA

RaMarSa

Contenido de la publicación

El Abuso

​En la oscuridad densa de los pasillos del hospicio Santa Elena, apenas violada por el resplandor agónico que se filtraba desde el vestíbulo central, el silencio nocturno se quebró bajo el retumbo seco de una tormenta feroz. Detrás de la pesada puerta de hierro marcada con el número 07, en el interior de una habitación de aislamiento, se ahogaban gritos de agonía contra una almohada raída. Los resortes oxidados de la cama rechinaban con violencia bajo el peso de una lucha desigual y un sometimiento atroz.

​A través del cristal reforzado de la puerta, una densa nube de vaho caliente y violento empañaba la superficie a cada bocanada de aire.

En el pasillo, el eco rítmico de unos tacones comenzó a repiquetear sobre la cerámica fría del corredor.

​En el comedor de la guardia, el chorro oscuro y humeante de una cafetera llenaba una taza de cerámica blanca, sostenida por unas manos femeninas y jóvenes. Frente a ella, el mostrador de vigilancia en la oficina del guardia se exhibía desierto, sumido en una mancha de abandono bajo el parpadeo y zumbido de una luz mortecina. La joven dirigió la mirada hacia el fondo del corredor, en dirección a la celda de los alaridos ahogados. Sopló con parsimonia el humo del café, tomando un sorbo pausado mientras sostenía la taza con ambas manos. Después de clavar la mirada fija en la puerta 07 , sin la menor prisa dio media vuelta regresando con lentitud a su puesto de trabajo, dejando que el eco de la violencia se consumiera en la sombra.

​Cuando el agresor se sintió satisfecho con su cometido, cruzó el umbral y cerró la puerta tras de sí de un golpe seco que retumbó en el pasillo mezclándose con los truenos de la tormenta. Sus manos, ajustadas dentro de guantes de cuero negro, guardaron con destreza una navaja en el bolsillo interior de su abrigo. Se acomodó la ropa y se alejó a paso firme, con la compostura intacta de quien no ha dejado rastro alguno.

​A través de la mirilla empañada, la luz de un relámpago reveló la figura de la joven interna: atada a su camisa de fuerza, con su bata desacomodada y meciéndose sobre el borde del colchón en un llanto silencioso y desconsolado.

​Cuando el agresor avanzaba por el corredor, unos golpes secos y rítmicos retumbaron desde el interior de otra celda. Mientras se acercaba a la puerta número 17 la misma temblaba como si desde​ adentro alguien quisiera abrirla con desesperacion. en el vidrio un vaho aparecía y desaparecía a un ritmo acelerado, como si tuviera vida propia y respirara por sí solo.

​El hombre se acercó a paso lento, como dudando en ser el siguiente movimiento. Los golpes y temblores en la puerta eran incesantes. Cuando finalmente se paró frente al vidrio todo quedó quieto y en silencio. Solo unos truenos desde la distancia acompañados de ráfagas azules invadieron el pasillo. Apoyó la linterna en el vidrio alumbrando el interior de la habitación. En la penumbra, descansaba Leonardo. Estaba sentado sobre el borde de la cuja, envuelto en su camisa de fuerza y con la cabeza gacha. Lenta, muy lentamente, comenzó a erguir el cuello. Sus ojos, inyectados de un rojo sangre y brillantes como brazas encendidas en la oscuridad, fijaron la mirada en la linterna de su visitante, mientras sus labios dibujaban una sonrisa macabra, dilatada y profundamente desquiciada.

Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 1 voto positivo 0 votos negativos 0 series

​En la oscuridad densa de los pasillos del hospicio Santa Elena, apenas violada por el resplandor agónico que se filtraba desde el vestíbulo central, el silencio nocturno se quebró bajo el retumbo…

En grupos