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LA RECETA

Tux

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En la juventud, los sábados y los domingos no se dividían. Eran un solo día, uno bastante largo, que arrancaba el sábado a las siete de la tarde con un picado, seguía con cerveza y asado, después venía el boliche y terminaba, vaya uno a saber a qué hora, con empanadas y vino. El lunes era otra cosa. El lunes había que volver a ser personas, pero para eso todavía faltaba.

Aquella vez habíamos quedado solamente dos. Delón, un amigo de esos con los que se puede conversar durante horas sin llegar a ninguna conclusión, y yo.

Detrás nuestro sonaba un folclore.

—Tu amor es como una estrella, con cuerdas de guitarra, una luz que me alumbra en mi oscuridad...

Cantaba Delón, acompañando a Los Chalchaleros con una convicción que no se correspondía demasiado con sus condiciones musicales. Pero eso nunca había sido un impedimento para él. Al contrario, cuanto más vino tomaba, más seguro estaba de que su voz era indispensable para el conjunto.

—¡Acércate a la reja! ¡Sos la dueña de mi alma, sos mi luna cautiva que me besa y se va!

Terminó con un grito que seguramente despertó a algún vecino, levantó el vaso y se tomó un trago largo.

El vino ya estaba aguado por los últimos restos de hielo. El vaso, si es que podía llamarse así, era la mitad inferior de una botella de plástico que habíamos cortado con un cuchillo. Tenía el borde medio torcido, pero cumplía perfectamente con su cometido.

Delón se secó los labios con el dorso de la mano y me lo pasó.

Mientras yo bebía, me miró con esa expresión que ponen algunos hombres cuando están por decir algo que consideran importante.

—¿Conoce usted de qué habla esta zamba?

Lo miré por encima del vaso.

—Más o menos, nomás.

Dejé el recipiente en el suelo, a un dedo de mi pie.

—Resulta ser —me dijo, acomodándose en la silla— que el hombre que escribió esta canción mató a otro en una pelea. Y por eso fue preso. ¿Se da cuenta? Por eso dice que tuvo que hacer un alto por un toro mañero.

Asentí.

—Y la que lo iba a visitar era su guayna. La mujer que lo quería. Iba hasta la cárcel, se acercaba a la reja y le hacía compañía. Y este gaucho, estando allí adentro, escribió la canción para ella.

—Mire usted —le dije—. Qué linda historia.

—Y bueno, así es el amor.

Se quedó mirando hacia donde sonaba la música, como si la respuesta estuviera escondida entre los acordes de la guitarra.

—Cuando a uno lo aman de verdad, puede estar en el mismo infierno y, sin embargo, sentirse en el mejor lugar del mundo.

Hizo una pausa y volvió a mirarme.

—¿Usted amó alguna vez? ¿O lo amaron con esa fuerza?

Agarré nuevamente el vaso, bebí hasta dejarle el último trago y se lo entregué.

—La verdad que no sé.

—¿Cómo que no sabe?

—Y no sé, Delón.

—¿Pero cómo no va a saber? ¿Nunca se dio cuenta? ¿Usted sabe lo que es el amor?

Le quité el vaso y me levanté para preparar lo que seguramente sería el último trago de la noche, aunque llevábamos diciendo eso desde hacía bastante.

Abrí la conservadora. En el fondo quedaban unos hielos que habían sobrevivido milagrosamente al calor santiagueño. Los puse en el vaso y volqué lo último del vino.

—¿Y usted sabe lo que es el amor? —le pregunté.

—Mire —me contestó, acomodándose otra vez—, voy a parafrasear a San Agustín, si usted me permite.

—Métale.

—San Agustín, cuando hablaba del tiempo, decía algo así: si nadie me pregunta qué es, lo sé. Pero si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, ya no lo sé. Bueno, con el amor pasa lo mismo.

Lo miré.

—¡Qué lo parió, Delón! Qué feo no saber explicar el amor.

Le entregué el vaso.

—Tome y cállese entonces.

Se rio, pero antes de beber sacó un pucho del paquete. Lo acomodó entre los labios, encendió el encendedor y aspiró profundamente. Con la mano derecha retiró el cigarrillo de la boca, sin soltar todavía el encendedor, y con la izquierda agarró el vaso.

Todo un procedimiento que, a esa altura de la noche, requería una concentración considerable.

Después me miró.

—A ver, si usted es tan capo como dice, ¿sabe explicar lo del amor?

—Sí, señor.

—Bueno, lo escucho.

—Para mí el amor es como una receta de hamburguesa.

Delón largó una carcajada.

—¡Ja, ja, ja! ¡No me joda! ¿Así que para usted el amor es hacer una hamburguesa?

—No, no, no. Usted no entiende. No es hacer una hamburguesa. Es la receta de una hamburguesa.

—¡Ah, bueno! ¡Ahora sí que estamos hablando de filosofía!

Volvió a reírse.

—Pero es largo —le advertí—. No creo que quiera escucharlo.

—Métale nomás, que sobra domingo y el lunes no amanece. Pero traiga el vaso.

Le di un trago y me senté.

—Mire, Delón. Para mí el amor es una receta de hamburguesa. Y la receta empieza a la mañana.

—¿A la mañana?

—Sí, señor. A la mañana se prepara la carne picada. Se la pone en un recipiente grande, se le agrega sal, un poquito de mostaza y un huevo. Todo eso se mezcla con las manos, porque con cuchara no es lo mismo. Hay que meter los dedos, apretar la carne, revolverla despacito hasta que todo quede bien unido. Esas cosas no se hacen a las apuradas. Las manos tienen que trabajar hasta conocer la mezcla, hasta saber cuándo le falta un poquito de sal o cuándo ya está lista. Después se arman los medallones, bien redonditos, procurando que tengan todos el mismo tamaño, y se los acomoda en un plato para guardarlos en la heladera.

Delón me escuchaba con el cigarrillo entre los dedos.

—¿Y?

—Y nada. Hay que esperar hasta la noche.

—¿Hasta la noche?

—Preferentemente hasta las doce, cuando todos duermen.

—¿Y eso por qué?

—Porque hay que andar a escondidas.

Frunció el ceño.

—¿A escondidas de quién?

—Usted escuche la receta, hombre, que después se me pierde.

Se acomodó en la silla y levantó una mano, dándome permiso para continuar.

—Bueno. Primero hay que asegurarse de que todos estén dormidos. Eso es fundamental. La casa tiene que estar en silencio, de esos silencios en los que se escucha hasta el ruido de una silla cuando uno la mueve. Se camina despacito, arrastrando apenas las zapatillas, y se entra en la cocina sin prender todas las luces. Con la lamparita de arriba de la mesada alcanza.

—¿Y tanta cosa para comer una hamburguesa?

—¡Usted quiere saber del amor o no!

—Bueno, bueno, siga.

—Entonces viene un detalle importantísimo: hay que cerrar la ventana de la cocina.

—¿Por qué?

—Para que no se escape el olor, Delón. Porque usted puede caminar sin hacer ruido, abrir la heladera con cuidado y hasta conversar en voz baja, pero el olor a carne cocinándose no respeta a nadie. Se mete por las ventanas, cruza los patios y entra en los dormitorios. Y si alguien se despierta, se termina el asunto.

—¡Mire usted! —dijo, riéndose—. Una operación clandestina.

—Exactamente. Y las operaciones clandestinas requieren mucha precaución.

Tomé un poco de vino y continué.

—Bueno, con la ventana cerrada se prende una hornalla, pero bajita, para que el aceite no salpique. Se pone una plancha y se la rocía apenas con aceite. Mientras calienta, se corta el pan. Puede ser pan del día o pan de hamburguesa, no importa. Si es del día anterior, mejor todavía, porque al tostarlo queda crocantito. Se apoya sobre la plancha y se lo deja dorar de los dos lados. Eso sí, hay que vigilarlo, porque un segundo de descuido y se quema.

—Ajá.

—Cuando el pan está listo se lo retira, se lo acomoda sobre un plato y se le pone mayonesa. Nada de andar mezquinando, pero tampoco hay que exagerar. La justa. Después se sacan los medallones de la heladera y se colocan dos sobre la plancha.

—¿Dos?

—Dos, señor. Ya vamos a llegar a eso.

—Bueno.

—Se los deja cocinar tranquilos. Al principio hacen ese ruido de la carne cuando toca el hierro caliente, ese chisporroteo que parece que toda la cocina se hubiera despertado de golpe. Ahí hay que prestar atención, porque de noche los ruidos se escuchan más fuerte. Si el aceite comienza a saltar, se baja un poquito el fuego. Y si se cae una cuchara, bueno, hay que quedarse quietito unos segundos, esperando que nadie se haya despertado.

Delón sonrió.

—Mucho cuidado para una hamburguesa.

—Muchísimo. Después, cuando la carne está doradita de un lado, se la da vuelta con una espátula, sin golpear la plancha, y se le coloca una feta de queso arriba de cada medallón. El queso empieza a ablandarse por los costados hasta que se derrite y cubre casi toda la carne.

Hice una pausa.

—Mientras tanto se prepara la verdura. Tres rodajas grandes de tomate, de las buenas, de esas que largan juguito cuando las cortás. Una hoja de lechuga bien lavada y secada con un repasador. Todo acomodadito sobre el pan, como corresponde. Después se pone arriba la carne con el queso derretido.

—¿Y ahí termina?

—¡No, hombre! Falta lo principal.

—¿Qué cosa?

—Los huevos.

—¡Ah!

—En una sartén aparte se fríen dos huevos. Uno tiene que tener cuidado cuando los rompe, porque la yema debe quedar entera. Se les pone una pizquita de sal y se los deja cocinar hasta que la clara esté firme, pero la yema todavía blandita. De esas que, cuando las apretás con el pan, se rompen y comienzan a correr por los costados.

—¡Qué lo parió, chango! Me está dando un hambre...

—No me interrumpa. Cuando los huevos están listos se colocan arriba del queso, con mucho cuidado para que no se rompan. Después se pone la otra mitad del pan y se aprieta apenas, lo suficiente para que todo quede acomodado.

—Ahora sí.

—Todavía no. Falta servirlas.

—¿Y qué ciencia tiene servirlas?

—Mucha, Delón. Hay que ponerlas sobre un plato grande, una al lado de la otra. Y se las lleva con las dos manos, porque el plato está caliente. Además, hay que hacerlo despacito, sin golpear nada. A esa hora, hasta el ruido de los cubiertos puede despertar a alguien.

—¿Y por qué siempre dos?

—Porque la receta dice dos. Dos hamburguesas grandes, bien cargadas, con el queso todavía caliente y el huevo a punto de desbordarse. Y nada de comerlas apurado. Hay que sentarse, acomodarse bien y disfrutarlas.

Delón se llevó el vaso a la boca y descubrió que estaba vacío.

—¿Y no hay nada para tomar?

—Eso depende de lo que haya en la heladera. Puede ser una gaseosa, un jugo o un vaso de agua fresca. Lo que importa es que esté bien frío.

—Bueno —dijo—, por lo menos eso me quedó claro.

—Y otra cosa. Mientras uno come, hay que seguir hablando bajito. Nada de carcajadas ni golpes en la mesa. Si se escucha algún ruido en las habitaciones, se deja de masticar un momento y se presta atención. Y cuando todo vuelve a quedarse tranquilo, se sigue comiendo.

Delón comenzó a reírse.

—¡Ja, ja, ja! ¡Usted está loco! ¡Parece que estamos robando un banco!

—Peor, Delón. Porque si nos descubren, no hay segunda hamburguesa.

Nos reímos los dos.

Le quité el vaso, me levanté y lo incliné sobre la conservadora, buscando algún pedazo de hielo que todavía conservara su dignidad. No quedaba nada. Me senté nuevamente con el vaso vacío entre las manos.

Delón apagó el cigarrillo contra el suelo.

—Bueno, ¿terminó?

—Sí, señor.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¡Y qué tiene que ver todo eso con el amor, hombre! ¡Hace diez minutos que me está explicando cómo preparar una hamburguesa! ¡Hasta me ha dado hambre!

Me acomodé en la silla.

—Ahí está el asunto, Delón. Usted no entiende porque se quedó con la preparación.

—¿Y con qué quiere que me quede?

—La preparación no tiene nada que ver con el amor.

Abrió los brazos.

—¡Entonces para qué mierda me contó todo eso!

—Porque el quid de la cuestión no está en la hamburguesa.

—¿Y dónde está, entonces?

Lo miré.

—En que esas dos hamburguesas te las tiene que preparar tu abuela, Delón.

Se quedó mirándome.

—Tu abuela —repetí—. Con ese delantal que usa para todo, con los bolsillos medio descosidos y alguna mancha vieja que nunca termina de salir. Tiene que ser ella la que pase toda la mañana preparando los medallones, la que se levante a medianoche y camine en puntas de pie hasta la cocina. La que cierre la ventana para que el olor no despierte a tus padres. La que revuelva la carne con esas manos que ya tienen sus años, pero que todavía saben hacer las cosas mejor que nadie.

Delón no dijo nada.

—Y mientras vos estás sentado esperando, tiene que ser ella la que se dé vuelta cada tanto para hacerte señas de que no hagas ruido. La que se lleve un dedo a los labios cuando te reís demasiado fuerte. Y si escucha que alguien se mueve en una habitación, tiene que mirarte con esos ojos de cómplice, como si los dos estuvieran haciendo una travesura terrible.

Me acomodé un poco en la silla.

—Y cuando las hamburguesas están listas, tiene que llevártelas ella, sosteniendo el plato con un repasador para no quemarse. Te las deja enfrente, se acomoda el delantal y se queda un ratito mirando cómo comés. Porque eso también es parte de la receta, Delón. Tiene que preguntarte si están ricas, aunque ya sepa la respuesta. Y cuando terminás la primera, tiene que acercarte la segunda y decirte que comás, que estás muy flaco, aunque estés hecho un chancho.

Hice una pausa.

—Y todo eso tiene que pasar dos veces por semana, siempre a escondidas de tu mamá y de tu papá. Porque tu abuela sabe que te van a retar si se enteran de que estás comiendo semejante cosa a medianoche, pero igual te las prepara. Y vos sabés que ella no debería hacerlo, pero también sabés que, si te levantás a esa hora y la encontrás en la cocina, jamás te va a decir que no.

Miré el vaso vacío.

—Pero lo más importante, Delón, lo que hace que toda esa receta sea amor, viene al final. Cuando te deja el plato sobre la mesa, se seca las manos en el delantal, se acerca, te acomoda un poquito el pelo y te da un beso en la frente. Un beso de esos que no hacen ruido, pero que uno sigue sintiendo muchos años después.

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Quiero darle más humanidad a la receta sin descubrir antes de tiempo quién prepara esas hamburguesas. Que el lector sienta las manos trabajando, escuche el silencio de la cocina, perciba el olor de…

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