Oiga usted, mi amigo,
una historia le voy a contar.
Hace tiempo llegó al pueblo
un aparecido de lento andar.
Compró una casita
en la orilla del pueblo
y de él nada más se supo;
tan solo la luz de una vela
y el humo de la chimenea
eran la seña de su estar.
Hasta que un día, sin más,
el humo y la vela
dejaron de hablar
y la ausencia comenzó a gritar.
Los más acomedidos del pueblo
fueron a curiosear.
Una puerta entreabierta
los invitó a pasar,
y un espejo roto
los recibió al entrar.
El olor de unos libros
a medio quemar
aún llenaba el lugar.
No faltó uno estudiado,
que en las letras sabía entender
lo que el fuego no pudo esconder.
Disque solo decía:
"Voces sin ruido".
En la mesa quedó
un plato vacío,
y en el suelo otro plato
con un pedazo de pan.
Vaya usted a saber
por qué las ratas
no se comieron el pan.
Nunca se supo cuándo
aquella alma se fue a penar.
Hay quien dice que en la época de viento
han visto un gato merodeando el lugar,
y pareciera que una voz te quiere llamar.
Pero no se inquiete, mi amigo,
no se me vaya a asustar...
que por aquí los gatos
no saben hablar.