La mañana fría continuó su curso, a pocos kilometros de la conmoción vivida en la finca, frente al taller de Jorge, un Peugeot 405 verde Sorrento frenó suavemente sobre la vereda, las llantas aplastando la hojarasca acumulada junto al cordón. El motor se apagó con un suspiro, dejando el aire en una calma inquietante. La hija del matrimonio descendió del vehículo; su esposo se quedó sentado un instante, luego encendió un cigarrillo. La llama del encendedor brilló fugaz, iluminando su perfil serio.
—Yo te espero acá —le dijo, soltando el humo en una exhalación lenta que el viento frío dispersó de inmediato.
Ella asintió, sacó las llaves del bolso y caminó hacia la entrada. Sus pasos resonaron nítidos sobre el piso de baldosas. Giró la llave en la cerradura, empujó la puerta y entró. La casa estaba en silencio, un silencio demasiado denso, como si el aire mismo contuviera la respiración. Avanzó por el pasillo, llamando con voz suave al principio, luego con más firmeza:
—¿Mamá? ¿Papá? ¿Dónde están?
Siguió caminando hasta el comedor. Las cortinas estaban corridas; la luz que se filtraba era tenue, grisácea.
—No me digan que están durmiendo —repitió, ya con un deje de inquietud—. Les dije que vendría a buscarlos temprano.
Afuera, el hombre apagó la colilla contra el borde de la vereda. Algo en el tono de su esposa lo había inquietado. Se acercó a la entrada y preguntó desde el umbral:
—¿Está todo bien?
Nadie respondió. Solo el silencio volvió a contestarle.
Él soltó un suspiro, se recostó contra la pared exterior y esperó, con la mirada fija en la puerta entreabierta.
Adentro, la inquietud de ella se transformaba rápidamente en desasosiego. Ninguna respuesta, ningún ruido de sillas, ningún paso. Subió al segundo piso a paso rápido, casi corriendo. Al entrar en la habitación de sus padres, se detuvo en seco. La cama estaba tendida con una perfección extraña, intocada. Sobre el cubrecama, dispuestos con cuidado inusitado, descansaban un vestido blanco de tul, impecable, y un traje negro completo: saco, pantalón, camisa blanca recién planchada y corbata negra doblada con esmero.
El corazón le dio un vuelco. Un presentimiento helado le recorrió la espalda.
—No… no puede ser… —susurró, apenas con aliento.
Salió de la habitación corriendo, bajó la escalera de dos en dos, atravesó la casa y llegó hasta el amplio salón que separaba la vivienda del taller. Con manos temblorosas apartó las pesadas cortinas que cubrían el acceso.
Desde la vereda, el esposo escuchó el grito. No fue un grito cualquiera: fue un sonido desgarrador, arrancado de lo más hondo, que rasgó el silencio del lugar como un cuchillo.
—¡Nooooooo!
Corrió hacia adentro, empujó la puerta y la encontró allí, de pie, con las manos cubriéndole la boca, llorando a gritos, sacudida por espasmos incontenibles. Se acercó de un salto, la tomó entre sus brazos y la apretó contra su pecho, intentando contenerla, aunque él mismo sintió que las piernas le fallaban.
—Aquí estoy… estoy aquí… —alcanzó a murmurar, sin saber muy bien qué decir.
Ella señalaba hacia el centro del salón, sin poder apartar la mirada, con los ojos desencajados por el horror.
Allí, suspendidos de una misma viga por una soga que ceñía sus cuellos con crueldad, colgaban los dos. Jorge y Blanca. Y en la rigidez final de sus cuerpos, sus manos permanecían entrelazadas, aferradas la una a la otra, como si ni siquiera la muerte hubiera logrado separarlos.
El eco del desgarrador lamento de la hija aún resonaba entre las paredes frías del galpón cuando el hombre alzó la vista, quedando petrificado. Los dos cuerpos balanceaban apenas sobre sus sombras del piso de cemento alisado. Jorge y Blanca, en su macabro acto final, vestían ropa interior limpia y blanca, como en una trágica purificación ritual previa al sacrificio. La cuerda de cáñamo, tensa y crujiente, marcaba el final de una pareja devorada por el secreto ancestral del pueblo.
Él no esperó un segundo más. Sosteniendo a su esposa, que parecía haberse quedado sin huesos por el llanto, la arrastró fuera del salón, retrocediendo a tropezones hasta llegar al patio delantero.
—¡Subí al auto! ¡Subí al auto ya! —le ordenó con la voz quebrada por el pánico mientras la empujaba al asiento del acompañante del Peugeot 405.
El hombre corrió hacia el lado del conductor, arrancó el motor que rugió desesperado y dio marcha atrás sobre las hojas secas, haciendo chillar los neumáticos en el asfalto. El auto salió disparado por las calles desiertas de San Genaro directo hacia la comisaría, donde las sirenas de la morgue aún parpadeaban bajo el invierno.
Minutos después, la noticia del doble ahorcamiento de Jorge y Blanca cayó como una bomba sobre Muslera, justo cuando el comisario terminaba de supervisar la pericia del cuerpo necrotizado del sargento López.
La cadena de muertes violentas no se detenía: el sargento ejecutado en la dependencia, y ahora los dueños del taller —¿los mismos vinculados a la vieja estructura y a la camioneta del secuestro de 1989?— aparecían colgados en un pacto suicida que olía más a silenciamiento forzado que a decisión propia.
Mientras tanto, en la finca, el vapor de la pava recién hervida llenaba la cocina. Antonio, ajeno todavía al hallazgo en el taller, tomó un mate que le alcanzaba Esperanza. De pronto, el sacerdote sintió un ramalazo de dolor agudo en la nuca, como si una aguja helada se le clavara en la espina dorsal. Se llevó la mano a la cabeza, apoyándose contra la mesada.
—¿Padre? ¿Qué le pasa? —preguntó Esperanza, soltando el trapo de cocina y acercándose alarmada.
—El mal está acelerando el paso... —susurró Antonio con los ojos entreabiertos y la respiración agitada—. Ya no están buscando ocultarse. Están cerrando los cabos sueltos.