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Tu amor en otras

eduardo_huacarpuma
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La ventana se veía igual. Todo seguía igual. La gente, en su murmullo infinito, hablaba de sus situaciones, dolores o cotidianas acciones.

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Pensamiento

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libretanegra

Las dos manos pintadas en el asfalto, mirá. El único lugar que seguía siendo de los dos, y al final lo termina manchando él solo.

Las dos manos pintadas en el asfalto, mirá. El único lugar que seguía siendo de los dos, y al final lo termina manchando él solo.

Contenido de la publicación

La ventana se veía igual. Todo seguía igual. La gente, en su murmullo infinito, hablaba de sus situaciones, dolores o cotidianas acciones.

Yo, ¿dónde quedo?, me preguntaba. Siento que estoy, pero a la vez no. Siento que existo, pero sobrevivo.

Miraba a la gente y en ninguna encontraba tu mirada. Tras tanto pleito mental, bajé un segundo de mi trance a la calle amarilla del sol: edificios grisáceos y comunes, en una ciudad tan inmensa y tan minúscula en mi mente por no volver a verte. Vaya, quizás solo sea mi vista al mundo.

Mientras las calles transitadas se ahogan en la bulla de los autos, un nuevo crimen se ha cometido; pero ¿acaso a alguien le ha movido un suspiro? Los perros ladran, buscando un nuevo refugio por las llamas pavimentadas. La gente grita y grita para vender el pan de cada día, u otros solo existen con sentido.

“¿Acaso estoy dejando de sentir, o por qué ya nada me hace vivir?”, me dije mientras caminaba hacia ese hotel.

“Eres un poco hombre”. “Él es tan superior que no le llegas ni a la mierda”, sonaba en mi cabeza. Quise opacar con silencio estático aquellas palabras de mi amada. El hotel estaba cerca de mí. Le escribí a esa prostituta con la que hacía ya días pensaba demostrar que este hombre sí era suficiente, que podía ser alguien noble y hasta incluso alguien útil.

Caminaba en el oscuro y frígido pasadizo, perdido en un silencio, omitiendo los posibles recuerdos de tus hirientes voces. Pero ¿cómo olvidar tu ternura en la intimidad más noble, como un beso a ras de la luna? ¿Acaso había una sola mujer que reviviera el cadáver viviente que ahora soy?, me decía una y otra vez.

—Qué mierda me pasa... Reacciona, Eduardo. Abre esa maldita puerta. Tú estarás muerto, pero mientras viva, si quieres joderte, hazlo —me dije mentalmente.

Y, en el furor, abrí la puerta. Yacía en la cama más precaria aquella dama nocturna. Tan fina y hermosa; parecía que, si el deseo se apoderaba otra vez, sería un hombre completo. Una cara tan linda y ovalada, junto a esas jugosas texturas armoniosas de sus pechos redondos; piernas como una media luna y desnudas en su sexo más perfecto, que todo en su conjunto era un relieve sodómico. Quería profanar toda la noche mis miedos y dominar mis acechos.

—Vamos, Eduardo, vamos. Estás hecho un hombre como para llorar por una chica tan común y corriente como esa zarapastrosa —me decía, cada vez más convencido y encendido por tal mujerón en mi visión.

Pero... Vaya. Parece que ni ahora puedes dejar de verme, mi amada. Porque, cuando quiero demostrarte que hasta la porquería que soy puede ser más que un paria, apareces —me dije, mientras entre mis cosas veía algo que pensaba destruido, algo que imaginé no ocurrido: una foto nuestra donde parecíamos la vida del otro. Tan felices, o más o menos felices. Tu mirada se perdía en la mía y ahora yo me decía cómo pasé de ser tu casualidad más encantadora a la escoria andante en tu pasada vida.

Solo me levanté, miré a aquella dama por última vez y salí corriendo. Qué estúpido, qué imbécil fui. La mujer que amo no era solo un cuerpo hermoso o una cara perfecta: era ella, y eso bastaba para amarla. En noches como todas, ella sobresalía entre todas.

En mi goteo incesante de cuencas rotas, fui a la tumba de nuestro amor, aquel lugar donde muchas veces compartimos vidas en segundos y creábamos nuevas para amarnos a minutos. Quedaba a la vuelta de tu casa, qué sarcasmo más tremendo, y a su vez todo seguía igual: el mismo árbol ya había dado sus frutos; las rosas arrancadas y colocadas como corona en la aureola de tu ser habían vuelto a florecer. El perro que tanto nos ladraba, en celos de amor, ya había formado a aquella familia que tú y yo no formamos. Los carros seguían en su polvo antiguo, pero todo era tan tranquilo y ajeno al oscuro mundo ciudadano.

—¿Cuánto pasó desde que me amaste? ¿Por qué él? Dime... —Me decía esto mientras veía nuestra marca en el asfalto: dos manos pintadas—. ¿Cómo pudiste entregarte a ese maldito, cuando sus labios no aman como te amo? ¿Por qué, amada mía, por qué?

La ciudad se achica en mi dolor. Todo ha cambiado menos yo. El vidrio de esa botella de alcohol explota en mi brazo. Todo se apaga. Mi sangre, en un sacrificio, tiñe de rojo mi lugar favorito; uno en el que siento que te tengo y no siento que te he perdido. Esas manos pintadas ahora llevan mi sangre. Te veo mientras siento frío. Ojalá fuera cierto, o quizás sí. Tus manos me tocan y siento algunas aguas saladas cayendo de tus ojos. No importa, los gritos y llamadas de la gente a mi alrededor siguen, pero yo no sé si aún siga...

Thoughts

  • libretanegra

    Las dos manos pintadas en el asfalto, mirá. El único lugar que seguía siendo de los dos, y al final lo termina manchando él solo.

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  • tintaDeMartes

    Con este narrador media sala lo aplaudiría por salir corriendo del hotel y la otra media no le perdonaría cómo habla de la chica que lo esperaba en la cama. Yo estoy en el segundo bando.

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  • Ovid

    El perro que les ladraba de celos y que ahora tiene la familia que ellos no formaron me hizo pensar en cómo los sitios de una pareja siguen viviendo sin ella, y apuesto a que Eduardo lo nota más en ese perro que en la foto. Me quedé con ganas de saber qué pasa con él después de los gritos de la gente, ojalá haya una segunda parte.

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  • cuento77

    Ay no, la foto 😭

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