Ay no, la foto đ
Tu amor en otras
La ventana se veĂa igual. Todo seguĂa igual. La gente, en su murmullo infinito, hablaba de sus situaciones, dolores o cotidianas acciones.
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Pensamiento
Ay no, la foto đ
Contenido de la publicaciĂłn
La ventana se veĂa igual. Todo seguĂa igual. La gente, en su murmullo infinito, hablaba de sus situaciones, dolores o cotidianas acciones.
Yo, ÂżdĂłnde quedo?, me preguntaba. Siento que estoy, pero a la vez no. Siento que existo, pero sobrevivo.
Miraba a la gente y en ninguna encontraba tu mirada. Tras tanto pleito mental, bajĂ© un segundo de mi trance a la calle amarilla del sol: edificios grisĂĄceos y comunes, en una ciudad tan inmensa y tan minĂșscula en mi mente por no volver a verte. Vaya, quizĂĄs solo sea mi vista al mundo.
Mientras las calles transitadas se ahogan en la bulla de los autos, un nuevo crimen se ha cometido; pero Âżacaso a alguien le ha movido un suspiro? Los perros ladran, buscando un nuevo refugio por las llamas pavimentadas. La gente grita y grita para vender el pan de cada dĂa, u otros solo existen con sentido.
âÂżAcaso estoy dejando de sentir, o por quĂ© ya nada me hace vivir?â, me dije mientras caminaba hacia ese hotel.
âEres un poco hombreâ. âĂl es tan superior que no le llegas ni a la mierdaâ, sonaba en mi cabeza. Quise opacar con silencio estĂĄtico aquellas palabras de mi amada. El hotel estaba cerca de mĂ. Le escribĂ a esa prostituta con la que hacĂa ya dĂas pensaba demostrar que este hombre sĂ era suficiente, que podĂa ser alguien noble y hasta incluso alguien Ăștil.
Caminaba en el oscuro y frĂgido pasadizo, perdido en un silencio, omitiendo los posibles recuerdos de tus hirientes voces. Pero ÂżcĂłmo olvidar tu ternura en la intimidad mĂĄs noble, como un beso a ras de la luna? ÂżAcaso habĂa una sola mujer que reviviera el cadĂĄver viviente que ahora soy?, me decĂa una y otra vez.
âQuĂ© mierda me pasa... Reacciona, Eduardo. Abre esa maldita puerta. TĂș estarĂĄs muerto, pero mientras viva, si quieres joderte, hazlo âme dije mentalmente.
Y, en el furor, abrĂ la puerta. YacĂa en la cama mĂĄs precaria aquella dama nocturna. Tan fina y hermosa; parecĂa que, si el deseo se apoderaba otra vez, serĂa un hombre completo. Una cara tan linda y ovalada, junto a esas jugosas texturas armoniosas de sus pechos redondos; piernas como una media luna y desnudas en su sexo mĂĄs perfecto, que todo en su conjunto era un relieve sodĂłmico. QuerĂa profanar toda la noche mis miedos y dominar mis acechos.
âVamos, Eduardo, vamos. EstĂĄs hecho un hombre como para llorar por una chica tan comĂșn y corriente como esa zarapastrosa âme decĂa, cada vez mĂĄs convencido y encendido por tal mujerĂłn en mi visiĂłn.
Pero... Vaya. Parece que ni ahora puedes dejar de verme, mi amada. Porque, cuando quiero demostrarte que hasta la porquerĂa que soy puede ser mĂĄs que un paria, apareces âme dije, mientras entre mis cosas veĂa algo que pensaba destruido, algo que imaginĂ© no ocurrido: una foto nuestra donde parecĂamos la vida del otro. Tan felices, o mĂĄs o menos felices. Tu mirada se perdĂa en la mĂa y ahora yo me decĂa cĂłmo pasĂ© de ser tu casualidad mĂĄs encantadora a la escoria andante en tu pasada vida.
Solo me levantĂ©, mirĂ© a aquella dama por Ășltima vez y salĂ corriendo. QuĂ© estĂșpido, quĂ© imbĂ©cil fui. La mujer que amo no era solo un cuerpo hermoso o una cara perfecta: era ella, y eso bastaba para amarla. En noches como todas, ella sobresalĂa entre todas.
En mi goteo incesante de cuencas rotas, fui a la tumba de nuestro amor, aquel lugar donde muchas veces compartimos vidas en segundos y creĂĄbamos nuevas para amarnos a minutos. Quedaba a la vuelta de tu casa, quĂ© sarcasmo mĂĄs tremendo, y a su vez todo seguĂa igual: el mismo ĂĄrbol ya habĂa dado sus frutos; las rosas arrancadas y colocadas como corona en la aureola de tu ser habĂan vuelto a florecer. El perro que tanto nos ladraba, en celos de amor, ya habĂa formado a aquella familia que tĂș y yo no formamos. Los carros seguĂan en su polvo antiguo, pero todo era tan tranquilo y ajeno al oscuro mundo ciudadano.
âÂżCuĂĄnto pasĂł desde que me amaste? ÂżPor quĂ© Ă©l? Dime... âMe decĂa esto mientras veĂa nuestra marca en el asfalto: dos manos pintadasâ. ÂżCĂłmo pudiste entregarte a ese maldito, cuando sus labios no aman como te amo? ÂżPor quĂ©, amada mĂa, por quĂ©?
La ciudad se achica en mi dolor. Todo ha cambiado menos yo. El vidrio de esa botella de alcohol explota en mi brazo. Todo se apaga. Mi sangre, en un sacrificio, tiñe de rojo mi lugar favorito; uno en el que siento que te tengo y no siento que te he perdido. Esas manos pintadas ahora llevan mi sangre. Te veo mientras siento frĂo. OjalĂĄ fuera cierto, o quizĂĄs sĂ. Tus manos me tocan y siento algunas aguas saladas cayendo de tus ojos. No importa, los gritos y llamadas de la gente a mi alrededor siguen, pero yo no sĂ© si aĂșn siga...
Thoughts
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PermalinkLas dos manos pintadas en el asfalto, mirĂĄ. El Ășnico lugar que seguĂa siendo de los dos, y al final lo termina manchando Ă©l solo.
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PermalinkCon este narrador media sala lo aplaudirĂa por salir corriendo del hotel y la otra media no le perdonarĂa cĂłmo habla de la chica que lo esperaba en la cama. Yo estoy en el segundo bando.
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PermalinkEl perro que les ladraba de celos y que ahora tiene la familia que ellos no formaron me hizo pensar en cómo los sitios de una pareja siguen viviendo sin ella, y apuesto a que Eduardo lo nota mås en ese perro que en la foto. Me quedé con ganas de saber qué pasa con él después de los gritos de la gente, ojalå haya una segunda parte.
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