La criatura continuó caminando.
No sabía cuánto tiempo llevaba haciéndolo.
Sus pequeñas patas comenzaban a cansarse, pero no sabía hacia dónde ir. El enorme paisaje que lo rodeaba parecía no tener fin.
De vez en cuando miraba hacia atrás.
No porque recordara algo.
Simplemente tenía la extraña sensación de que estaba dejando algo atrás.
Pero no sabía qué.
Siguió avanzando.
Hasta que el cansancio finalmente pudo más que él.
Sus patas dejaron de responderle y cayó sobre la hierba.
Cerró los ojos.
Y entonces, algo extraño ocurrió.
En su mente apareció una imagen.
Un castillo.
Pero no sabía qué era.
La imagen desapareció.
Después apareció un bosque.
Desapareció.
Una criatura.
Desapareció.
Un espejo.
Desapareció.
Todo ocurría en fragmentos.
No eran recuerdos completos.
Eran pequeños pedazos de algo que había sucedido.
La criatura intentó atraparlos.
Pero cuanto más intentaba recordar, más rápido desaparecían.
Su mente comenzó a retroceder.
Ya no pensaba como antes.
Las imágenes se hicieron cada vez más simples.
El castillo se convirtió en una forma.
El bosque, en colores.
Las voces, en sonidos sin significado.
Los rostros dejaron de tener identidad.
Hasta que incluso aquellas pequeñas imágenes desaparecieron.
La criatura dejó de intentar recordar.
Su mente se volvió tranquila.
Demasiado tranquila.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya no quedaba nada.
Ni siquiera sabía que alguna vez había intentado recordar.
Se levantó lentamente.
Ahora sus movimientos eran diferentes.
Más pequeños.
Más torpes.
Parecía un cachorro.
Y, aunque algo dentro de él le decía que aquello no estaba bien, no podía explicar por qué.
Simplemente siguió caminando.