En ese instante, Crystal cerró los ojos.
Todo desapareció.
La oscuridad.
La silueta.
Aquella voz.
Todo.
Cuando volvió a abrirlos, estaba en su habitación.
Exactamente en su cama.
La luz de la mañana entraba por la ventana y la habitación parecía completamente normal. Los libros estaban en su lugar, los objetos mágicos seguían donde los había dejado y nada parecía haber cambiado.
Crystal permaneció inmóvil durante unos segundos.
Miró a su alrededor.
Todo estaba como siempre.
Por un momento, pensó que había sido un sueño.
Uno extraño y demasiado real.
Se levantó lentamente de la cama y se acercó al espejo. Tomó su cepillo y comenzó a arreglarse la melena mientras intentaba recordar lo ocurrido.
La biblioteca.
El rincón.
La oscuridad.
El tentáculo.
La pérdida de su luz.
Y aquella silueta.
Crystal dejó de cepillarse por un instante.
Su mirada se quedó fija en el espejo.
Intentó convencerse de que todo había sido producto de su imaginación.
Quizá había leído demasiadas historias sobre magia oscura.
Quizá se había quedado dormido mientras estudiaba.
Quizá simplemente había tenido una pesadilla.
Pero había algo que no podía ignorar.
Una sensación.
Algo en lo más profundo de su interior le decía que aquello había ocurrido de verdad.
Crystal volvió a mirar su reflejo.
Su cuerno seguía allí.
Su magia también.
Pero ya no se sentía igual.
Ese día no fue a la biblioteca.
Por primera vez desde que tenía memoria, dejó de lado sus libros y sus estudios.
Permaneció en su habitación, intentando distraerse con cualquier otra cosa.
Pero cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver aquella silueta.
Y cada vez que pensaba en aquella voz, una extraña sensación recorría su cuerpo.
Crystal no sabía qué había encontrado aquella noche.
Tampoco sabía por qué había terminado nuevamente en su cama.
Pero, en el fondo...
sabía la verdad.
Aquello no había sido un sueño.