El lugar olía a humedad y a algo extraño.
Crystal no sabía cómo describirlo.
Era parecido al olor de la magia, pero había algo que no encajaba. La magia normalmente dejaba una sensación particular en el aire, una presencia que podía percibirse incluso sin verla.
Pero allí no había nada.
Era como si la magia misma hubiera desaparecido.
Crystal estaba tendido sobre el suelo.
No quedaba ningún rastro de la luz que normalmente rodeaba su cuerpo. Su cuerno apenas tenía un pequeño destello, tan débil que parecía a punto de apagarse por completo.
Intentó levantarse.
Sus patas temblaron.
Consiguió elevarse unos centímetros...
pero una fuerza invisible lo empujó nuevamente contra el suelo.
Crystal volvió a intentarlo.
La misma fuerza lo detuvo.
Entonces escuchó algo.
Una voz.
No era una voz como la de un pony.
Era profunda, extraña e imposible de reconocer. Las palabras parecían mezclarse unas con otras, como si fueran pronunciadas desde muy lejos y, al mismo tiempo, justo detrás de él.
Crystal no podía comprenderlas.
La voz continuó hablando.
El enorme cuarto parecía haberse extendido mientras él estaba en el suelo. Las paredes ya no parecían estar cerca. El pequeño rincón que había encontrado se había convertido en un espacio enorme y oscuro.
Crystal levantó lentamente la mirada.
Al fondo había una silueta.
Permanecía completamente inmóvil.
No podía distinguir su rostro.
Solo podía ver su figura recortada contra la oscuridad.
Por unos segundos, la silueta no hizo nada.
Después...
giró lentamente la cabeza hacia Crystal.
La voz volvió a escucharse.
Esta vez, las palabras fueron claras.
—Harás lo que está escrito.
Crystal permaneció inmóvil.
La silueta dio un paso hacia adelante.
—Y no tienes opción.
Hubo un breve silencio.
La figura inclinó ligeramente la cabeza.
Una especie de sonrisa se dibujó en su rostro.
—¿O sí, poni?
La última frase fue pronunciada con un tono burlón, casi divertido.
Crystal sintió que aquella presencia lo observaba.
No podía moverse.
No podía escapar.
Y aunque no comprendía qué significaban aquellas palabras, algo dentro de él le decía que aquello no era una amenaza cualquiera.
Era una advertencia.
Y quizá...
también una sentencia.