Con el paso de los días, Gizmo comenzó a acostumbrarse al castillo.
El Rey Garra lo presentó como uno de sus hijos.
Le dieron ropa, juguetes y una habitación propia.
Aprendió a caminar por los enormes pasillos.
Aprendió los nombres de los sirvientes.
Aprendió cuáles eran las habitaciones a las que podía entrar y cuáles tenía prohibidas.
Por primera vez tenía una familia.
Pero había algo que el Rey Garra había notado desde el primer día.
Gizmo era diferente.
Mucho más diferente de lo que parecía.
El rey comenzó a observarlo en secreto.
Sus ojos.
Su cuerno.
Sus alas.
Cada pequeño detalle.
Y cuanto más lo observaba, más preocupado parecía.
Una noche, llamó a Gizmo a sus aposentos.
El pequeño hipogrifo entró.
El Rey Garra lo miró seriamente.
—Hay algo que debes entender.
Gizmo permaneció quieto.
—Eres diferente.
Gizmo no sabía qué significaba aquello.
El rey se acercó.
—Y nadie debe saberlo.
Gizmo bajó las orejas.
—No quiero que muestres aquello que te hace diferente. Nunca.
El tono del rey no dejaba espacio para discutir.
—Si alguien pregunta, eres como los demás. Si notas algo extraño en ti, lo ocultas. Y si alguna vez descubres algo que no puedas explicar...
El Rey Garra hizo una pausa.
—No se lo cuentas a nadie.
Gizmo lo miró confundido.
No entendía por qué debía esconderse.
No entendía qué tenía de malo ser diferente.
Pero el Rey Garra ya había tomado la decisión.
Desde aquel día, Gizmo aprendería algo que terminaría acompañándolo durante muchos años:
lo diferente debía permanecer oculto.