Aquel cuyo nombre apenas se pronuncia y cuyo resplandor todavía puede encontrarse en el fondo de los libros antiguos era un joven pony llamado Crystal.
Su apariencia no era como la de cualquier otro. Su cuerpo estaba cubierto por tonos oscuros y azulados, tan profundos como una noche sin luna. En el centro de su cabeza descansaba un cuerno que brillaba con una luz extraña, casi hipnótica, como si en su interior guardara una magia que aún no había revelado por completo.
Su cabello era ondulado y ligero, moviéndose con la suavidad de las olas del mar. Sus ojos, claros y brillantes, parecían hechos de los cristales más puros, capaces de reflejar incluso aquello que otros preferían ocultar.
Pero lo que realmente hacía diferente a Crystal no era su apariencia.
Era su poder.
Un poder inevitable, antiguo y difícil de comprender. Una fuerza que parecía dormir dentro de él, esperando el momento adecuado para despertar.
Durante mucho tiempo, su nombre permaneció perdido entre páginas cubiertas de polvo, mencionado apenas en unas pocas historias que casi nadie recordaba.
Sin embargo, las leyendas nunca desaparecen por completo.
A veces solo esperan a que alguien vuelva a abrir el libro.
Y cuando Crystal regresó a las páginas de la historia, quedó claro que aquello que llevaba dentro no era simplemente magia.
Era algo mucho más grande.
Algo que quizá ni siquiera él estaba preparado para descubrir.