Crystal se quedó congelado frente al espejo.
Durante varios segundos no pudo apartar la mirada. Algo en aquel reflejo no tenía sentido.
Entonces logró distinguir mejor aquella imagen.
Era una criatura completamente diferente.
Tenía seis alas en total: tres a cada lado. Eran enormes y hermosas, y cada una parecía moverse con una delicadeza extraña, como si flotara incluso cuando la criatura permanecía quieta.
Sus patas delanteras tenían la forma y la agilidad de las de un guepardo, mientras que las traseras pertenecían al caballo más veloz que jamás hubiera existido.
Sus ojos eran hermosos.
Pero había algo inquietante en ellos.
Hipnotizaban.
Su cuerno era largo y elegante, de un negro profundo mezclado con tonos verde marino que parecían cambiar dependiendo de cómo incidiera la luz.
Y su pelo...
Su pelo era de un azul marino claro y se movía constantemente, como si estuviera bajo el efecto de un viento invisible. Se desplazaba con la misma rapidez que las nubes de una tormenta cuando atraviesan el cielo.
Sin embargo, había algo que hacía todavía más extraña aquella criatura.
Era muy pequeña.
Apenas tenía el tamaño de un cachorro.
Crystal se apartó del espejo y comenzó a buscar entre sus libros.
Uno tras otro.
Bestiarios antiguos. Libros sobre criaturas mágicas. Enciclopedias de especies desaparecidas. Manuscritos sobre seres creados por magia.
Nada.
No encontró absolutamente nada parecido.
Crystal volvió a mirar el espejo.
La criatura seguía allí.
Entonces...
Toc.
Crystal se quedó inmóvil.
Otro sonido.
Toc. Toc.
Pisadas.
Las reconocía perfectamente.
Era su creador.
El miedo recorrió todo su cuerpo.
Por nada del mundo podía permitir que lo viera así.
Crystal retrocedió lentamente.
Las pisadas se acercaban.
Cada vez más.
Su cuerno comenzó a emitir una luz intensa.
Crystal lo observó sorprendido.
No estaba haciendo ningún hechizo.
No estaba concentrando su magia.
No estaba haciendo absolutamente nada.
Pero la luz continuó creciendo.
De pronto, el aire frente a él comenzó a deformarse.
Como si el espacio mismo estuviera siendo rasgado.
Una grieta apareció frente a Crystal.
Primero fue apenas una pequeña línea de luz.
Después se abrió.
Detrás de ella no había oscuridad.
Había algo mucho más extraño.
Un lugar que Crystal jamás había visto.
Un espacio imposible.
Un agujero entre el multiverso.
Crystal intentó retroceder.
No pudo.
Una fuerza invisible lo atrapó.
Sus patas se deslizaron por el suelo mientras intentaba aferrarse a cualquier cosa que pudiera detenerlo.
Pero era demasiado tarde.
El agujero comenzó a arrastrarlo.
Crystal abrió los ojos con terror.
Intentó resistirse, pero aquella fuerza era cada vez más poderosa.
Las páginas de los libros comenzaron a levantarse y a girar alrededor de la habitación.
Los objetos temblaron.
La puerta estaba cada vez más cerca de abrirse.
Y Crystal seguía siendo arrastrado hacia aquella grieta imposible.
En el último instante, antes de desaparecer por completo, Crystal miró una vez más hacia el espejo.
La criatura de seis alas seguía allí.
Pero esta vez...
Ya no estaba sonriendo.
Lo estaba observando con una expresión que Crystal no pudo comprender.
Y entonces, el agujero se cerró.