Es una maravilla —repliqué—, pero el peso de mi voz se hundió.
Entre la noche celeste, me acosté entre terrazas de sal. Sentí cómo mi voz gritaba, cómo los reproches callaban; todo un ir y venir sin fin me azotaba como la cama.
En esas noches celestes se oscureció un tenue gris. Enhorabuena, llovizno, derramando entre mi mente gotas, gotas del buen recuerdo y de la paz.
¿Quién eres, esa paz?
Un último sol se enrollaba entre las sábanas, me calmaba.
Aquel evento me marcó. Comenzó a ronronear tenue: situaciones de gozo, no cualquiera; eran marcas del adiós, de la despedida de este hogar tan fecundo que enfrenté, encendido y apagado a la vez, sollozo, como silbidos abundantes, como las gotas que caen de par en par, pero hechas de cambio.
Me he deshecho ya en la tierra como el mineral. Me he vuelto parte de ese fragmento del éter. Me he vuelto gotas de azufre, a su estado más puro. Me he devuelto mi parte más humana de vivir en este sitio.
Verso a verso describo mi metamorfosis de dormitar, una siesta o acometer una osadía materialista sin nombre.
Solo sé que las noches y mis días nunca fueron tan pacíficos, mis noches celestes tan enfocadas y desproporcionadas.
Mi destello celeste trastocó las varices del nuevo rumbo, dirigiéndome a pestañas grises, desfiguradas canciones, aun soñando por vos.
Todo se pudo, sin miedo, me retracto.
Noches celestes
Miguel Maglio