Desglosará mi mente la contundente necedad que tiene de conocer qué es lo que necesito, rebuscadamente, para romper con malos hábitos. Dejaré, como esas veces, en el olvido ciertas cosas; a lo sumo, es mejor, de veras, no dejarse influir por esa impertinente barrera social impuesta.
Un incidente... busco de fortificados a menos desprendido sonámbulo. Facturas, serenatas, impasiones envuelven soñadas palabras, risas. En una calle donde sucumbe la brisa, las grasas truncadas conciencias contemplan la contienda como respecta.
Verán mi verso, la sentencia, lo ameno, rumbo añejo y perplejo. De una terraza maternal, respetada en vanas asperezas hechas sueltas.
Dentro de tus ojos no encuentro dirección alguna que dé nuevo rumbo; calvo sucumbe. Araujo de parcelas y calles severas, chirriante manufactura amena roja, entre oxidadas puertas, desamparo deslumbrante. Blancos rasos cubren, contrastante, la plaza.
Lejos de estas manivelas, te ocultabas, tu imaginario sentenciante: café y abrigos, nieve opulenta, centro de concierto sucio, brillaba ella, confidente etérea, flor bella primaveral oculta entre capas. Trasnochado gozo de ciclos sin fin, acallando dudas y respuestas, pagando facturas, supurante, me concierno, avasallante atadura, propia dicha, expectativa sobre la mesa.
Subversivas tendencias de colocar mi temor, abonar la valentía y pasión. No me encierro, no; mis calamidades expuestas, saladas, sacadas de mi sobredosis de opulenta soberbia.
Y la intriga de que si en mí existes, de una contrabandeada lente, mi amor infalible, rosca matutina averigua mi sobrada soltura entre sonetos. Vehemente caos vespertino, roja, mi sonrisa, tuya, extensivamente tuya.