Cristina deslizó la mano hacia el pomo de bronce frío de la puerta del fondo.
Antes de que sus dedos pudieran girarlo, un estruendo seco y brutal retumbó en la entrada principal, sacudiendo las vigas viejas y haciendo que el polvo cayera como lluvia sobre sus hombros.
El impacto le dio un vuelco al corazón.
Con la respiración contenida, giró sobre sus talones apuntando el haz tenue de su linterna hacia la oscuridad del pasillo.
Solo vio sombras estáticas y el vacío.
Tragó saliva, volvió a la puerta y giró el picaporte muy despacio.
La bisagra protestó con un chillido agudo y chirriante que arañó el silencio de la casa.
A medida que la luz de la linterna penetraba en la penumbra, la tensión del rostro de Cristina se disolvió en una mezcla de asombro y fascinación. La habitación conservaba una geometría antigua, casi ritual; la disposición del espacio, la inclinación de las sombras y la energía helada que emanaba del piso de madera eran exactamente lo que había buscado durante años.
«Es perfecto», pensó, con una sonrisa contenida resonando en su mente.
Sin perder un segundo, se quitó la mochila de los hombros con movimientos ensayados.
Hizo un espacio en el centro de la estancia, metió la mano en el bolsillo lateral y extrajo una barra de tiza blanca junto a cinco velas negras de cebo denso.
Apenas se arrodilló para marcar el primer trazo en las tablas del suelo, la puerta a sus espaldas se cerró de golpe con un chasquido sordo y definitivo.
El cerrojo se pasó solo.
La oscuridad se volvió densa, asfixiante.
Antes de que su mano pudiera alcanzar de nuevo la linterna para defenderse, una presión helada e invisible se encajó alrededor de sus tobillos con la fuerza de grilletes de hierro.
Un tirón seco despegó sus pies del piso.
Cristina sintió la ingravidez violenta mientras su cuerpo ascendía lentamente por el aire, flotando a contracorriente de la gravedad.
Al mirar desesperada hacia el suelo, sus ojos bien abiertos vieron lo imposible: sobre las maderas oscuras, un trazo fosforescente y enfermo comenzó a dibujarse por sí solo.
La línea verde mudo trazó un círculo perfecto, dentro del cual se cerró una estrella de cinco puntas invertida que brillaba con una luz mística y maldita.
El aire de la pieza se volvió espeso, saturado de un olor a ozono y sangre vieja.
Una fuerza invisible le abrió los brazos de par en par, bloqueando sus articulaciones hasta dejarla suspendida en una rigidez de crucifixión.
Cristina abrió la boca para emitir un alarido de auxilio, pero su garganta estabasellada; el aire salía en silbidos inútiles y su voz había sido completamente borrada.
Desde las cavidades del muro, una voz profunda, retumbante y cavernosa pareció brotar de la misma estructura de la mansión:
—No necesitas invitarme... ¡Yo vivo acá!
Un chasquido colectivo resonó en el aire.
Alrededor del pentagrama luminiscente, cientos de velas negras brotaron y se encendieron en un solo instante, proyectando sombras danzantes sobre las paredes.
El haz de esa luz macabra se concentró en el muro del fondo, donde una sustancia densa comenzó a brotar de los poros de la pintura.
Letras gruesas, escritas con sangre fresca que chorreaba buscando el zócalo, se pintaron por sí solas:
BIENVENIDA AL INFIERNO.
Sin darle un segundo para procesar el horror, el cuerpo suspendido de Cristina fue arrojado con una violencia salvaje hacia la pared.
El golpe seco de sus huesos contra la mampostería le sacó todo el aire.
Quedó suspendida, pegada a la pared justo debajo de la inscripción de sangre, en una posición de cruz invertida.
Antes de que el dolor físico terminara de recorrer su espina dorsal, un fuego de tonalidad violeta y azul brolló de su propia piel.
No había humo, solo un calor abrasador que consumió de inmediato la tela de sus ropas y se pegó a sus carnes.
Entre el chispazo implacable de las llamas y la quietud asfixiante de su agonía silenciosa, la voz de la mansión Newhell dictó su sentencia final:
—Sus miedos y sus deseos los matarán.
Un soplo helado apago todas las velas al mismo tiempo.
La habitación volvió a quedar sumida en las sombras absolutas, donde solo permanecía el resplandor agonizante y moribundo del cuerpo en llamas de Cristina, consumiéndose en la más absoluta soledad.