Flashback. 8 de julio de 1989 - 21:30 hs.
En la penumbra de un terreno baldío, una combi Trafic con franjas blancas y naranjas permanecía oculta desde hacía más de dos horas entre los pastizales altos, justo enfrente de un viejo taller de chapería y pintura.
En su interior, el ambiente era denso e irrespirable. Cinco hombres vestían túnicas negras con las capuchas caladas hasta las cejas para ocultar sus rostros. En los asientos delanteros, el chofer y el líder del grupo que se pasaban una petaca de vidrio cargada con café al coñac, buscando dar un trago fuerte para contrarrestar el frío helado que se colaba dentro del vehículo.
En la parte trasera, los otros tres sujetos permanecían sentados en penumbra rodeando a la pequeña e indefensa Milagros. La muchacha tenía la boca amordazada con un trapo grueso, exactamente de la misma forma en que se había ejecutado el oscuro ritual de 1944. Sus manos estaban atadas con fuerza sobre el abdomen y el torso se encontraba completamente desnudo. Sus ojos, desorbitados por el espanto, reflejaban la pura desesperación, mientras su piel pálida y erizada no paraba de temblar bruscamente por el terror y la temperatura bajo cero.
Uno de los captores se quitó lentamente el guante de cuero negro. Con una sonrisa torcida, dejó que sus dedos recorrieran el rostro, desendiendo por el hombro y el brazo de Milagros. La adolescente se estremeció y trató desesperadamente de apartarse.
—Lástima… estás más linda para otra cosa —insinuó. con una sonrisa torcida, deslizando la mano hacia la cintura de la chica mientras ella sacudía el cuerpo con desesperación intentando zafarse.
Otro de los hombres le agarró la muñeca de golpe, le apartó la mano del cuerpo de Milagros y soltó con voz helada:
—No estamos acá para eso.
El primer sujeto soltó una risita morbosa, ajustándose los pantalones antes de mirar fijamente a la joven a los ojos:
—Después de lo de hoy, vas a preferir que te hubiera pasado esto...
—¡Bueno! Ya es hora —dijo el líder abriendo de golpe la puerta del acompañante—. Hagamos lo que tenemos que hacer antes de que se nos muera de hipotermia… porque muerta no nos sirve para nada.
Bajaron todos. Uno de los hombres enredo con sus manos el cabello de Milagros y con fuerza brutal la arrastró por el piso hasta dejarla sentada en el borde de la puerta lateral; ella intentaba gritar, pero el trapo amordazador ahogaba todo sonido. La sujetó con fuerza contra su cuerpo, mientras otro la tomaba de los tobillos; entre los dos la cargaron y salieron corriendo, perdiéndose de inmediato entre la hierba alta, rumbo a la silueta oscura y abandonada del viejo edificio que se alzaba más adelante.
El conductor se quitó la túnica negra. Debajo llevaba el uniforme reglamentario de la policía. En aquel entonces no era más que el cabo López.
—¿Estás seguro de que vas a poder guardar este secreto para siempre? —le preguntó el líder, dándole la espalda, con voz grave y cargada de amenaza.
López respondió con absoluta frialdad:
—Yo llevo guardando secretos de personas desaparecidas desde los tiempos de la dictadura. ¿No fue precisamente por eso que me elegiste a mí?
—Así es… —reconoció el otro—. Y decime: ¿cuándo te vas a decidir a entrar vos también en el ritual? Te aseguro que te cambiaría la vida para mejor en todo sentido.
—Yo cumplo mi parte: mantengo todo oculto y nadie los molesta —sentenció López, cortando la conversación de raíz—. Vos te encargás de que mi familia esté a salvo. Ese fue el trato, y así se mantiene.
El hombre de la túnica asintió sin decir más y se perdió a paso rápido en la oscuridad.
López envolvió la tela negra en un puño, haciéndola un bollo juntó a la ropa que le habían quitado a la chica y entró al interior del taller viejo. Lo tiró todo dentro de un gran barril metálico de color naranja, con una ostra amarilla pintada en el costado, y lo tapó con una tabla vieja que encontró a mano.
De pronto, se escuchó el chirrido fuerte de frenos sobre la tierra: un Ford Sierra XR4 se detuvo justo en la entrada, tras haber arrastrado las cuatro ruedas. Del auto bajó un hombre con un sobretodo largo de gabardina azul, y se adentró en el terreno alumbrando la maleza con su linterna; había visto movimiento y venía a investigar.
López, que estaba cerrando el portón con un candado, se quedó helado al escuchar ruido a su retaguardia. Le temblaba la mano al acomodarse los anteojos; despacio, casi sin darse cuenta, empujó la llave hacia el fondo del bolsillo con el pulgar, escondiéndola bien.
—¿Qué hace usted aquí, cabo López? —preguntó el recién llegado con voz tajante y autoritaria.
El policía apuntó su linterna hacia él, intentando disimular el susto, mientras la luz potente del otro lo iluminaba de lleno en la cara:
—Vi movimientos raros, subcomisario Muslera… y vine a revisar el lugar.
—¿Y encontró algo anormal? —insistió el superior, mirándolo fijo y severo.
—Todo cerrado y tranquilo, señor… No vi absolutamente nada fuera de lugar.