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Comisario Muslera

RaMarSa
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23 de junio de 1999 - 00:45 hs.

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Contenido de la publicación

La escena del crimen.

23 de junio de 1999 - 00:45 hs.

​La comisaría de San Genaro se había convertido en una verdadera escena del crimen. Las sirenas apagadas de las ambulancias y los destellos de los patrulleros iluminaban la fachada, mientras varias motos policiales permanecían estacionadas sobre la calle. En el interior del edificio, los médicos forenses trabajaban en silencio alrededor del cuerpo del difunto sargento, mientras dos agentes custodiaban el patrullero de López.

​Un Ford Taunus azul descansaba a un costado del camino con la puerta del acompañante abierta de par en par. Apoyada en el asiento, una mujer rubia lloraba desconsolada. De pronto, un Toyota Célica gris estacionó de golpe justo detrás de la camioneta. Del vehículo bajó un hombre vistiendo un gamulán gris, guantes de cuero negro, gorra policial calada y un cigarrillo encendido en la boca.

​—Buenas noches —saludó alzando la voz, mientras el cigarrillo temblaba entre sus labios por el movimiento al hablar.

​—Buenas noches, comisario Muslera —respondieron de inmediato los agentes haciendo la venia.

​El comisario se acercó a paso firme hacia la mujer, que se ponía de pie al verlo llegar. Con los brazos abiertos, Muslera se aproximó para darle el pésame:

​—Alicia... cuánto lo siento —dijo con impostada pesadumbre, dándole un beso en la mejilla mientras la rodeaba con el brazo y, disimuladamente, le pellizcaba una nalga.

​Alicia lo tomó con violencia de la muñeca y le apartó la mano de un tirón, zafándose del agarre.

​—¡Acá no! —dijo sollozando, pero rematando en un murmullo cargado de furia—: Deberías estar investigando la muerte de mi esposo, no agarrándome el culo.

​—Es que ya soy adicto a ese culito rico mamita —le susurró Muslera al oído con cinismo.

​—Así como te gusta meter tu cosa ahí adentro, debería gustarte pasar la mantención de tu hija también—soltó la mujer mirándolo con voz desafiante y los ojos hinchados por el llanto.

​Muslera la sujetó con fuerza del brazo y le apuntó amenazante con el dedo índice a centímetros de la cara.

​—¿Qué? ¿Me vas a pegar? —lo provocó Alicia sin achicarse con voz y mirada amenazantes.

​El comisario apretó la mandíbula con bronca, mordiendo el filtro del cigarrillo antes de responder en un siseo:

​—Después hablamos de esto, a ver cuánto te sale

Dio media vuelta, aspiró la última bocanada del cigarrillo y lo arrojó al pavimento; no lo apagó, dejó que la brasa se consumiera sola sobre el asfalto todavía húmedo.

—Bien… ¿qué tenemos aquí? —preguntó con tono arrogante, mientras se acomodaba la solapa del gamulán y ajustaba los guantes de cuero.

Uno de los agentes se acercó al instante y comenzó a exponer lo que creían haber ocurrido, caminando a su paso hacia el vehículo policial:

—La hipótesis es que huía de alguien, comisario. Trató de defenderse, pero tropezó con los adoquines y perdió el arma de servicio; cayó justo adentro del patrullero.

Avanzaron por la vereda bajo el parpadeo intermitente de las luces rojas y azules. El oficial señalaba cada marca en el suelo mientras hablaba:

—Bajó del auto y corrió a refugiarse en la comisaría. Aquí se tropezó y cayó; los anteojos salieron despedidos hacia un lado, y se ve claramente que los pisó al levantarse desesperado para seguir avanzando.

Muslera encendió otro cigarrillo, soltó una nube espesa de humo que se mezcló con el vaho blanco de su propio aliento en el aire helado, y preguntó con sospecha:

—¿Y cómo están tan seguros de que cayó? ¿No pudieron habérsele caído simplemente mientras corría?

—Por favor, sígame —le indicó el agente, haciéndose a un lado para dejarlo pasar guiándolo directamente hacia el interior del edificio, hasta donde estaba el cuerpo.

El sargento López yacía recostado sobre el viejo sillón de cuerina negra. Su cuello estaba hinchado de forma grotesca, de un tono negro intenso y lúgubre, como si la descomposición hubiera avanzado con una velocidad imposible, violenta y extraña. El oficial sacó una lapicera, la usó con cuidado para levantar levemente la mano del muerto sin tocar la piel, y señaló la marca:

—Mire esto… tiene una herida superficial en la palma. Pensamos que se la hizo al caerse y arrastrarse en el suelo.

Muslera se inclinó para observar mejor, entrecerrando los ojos tras la cortina de humo que salía de su boca. Conocía perfectamente toda clase de violencia y crímenes de la zona, pero lo que veía en ese cuerpo no encajaba con ningún golpe, ninguna pelea, ningún accidente que hubiera visto antes. Esa podredumbre rápida, esa mancha oscura que parecía haber nacido desde adentro… era algo distinto. Algo que no se explica con reglamentos ni informes policiales.

Muslera siguió recorriendo el lugar, revisando cada rincón y buscando cualquier rastro, caminando despacio entre los escritorios de la dependencia. En ese momento se le acercó el médico forense, limpiándose las manos con una toalla descartable.

—Comisario Muslera… disculpe, ¿ya puede atenderme?

—Claro, doctor. Dígame sin rodeos: ¿qué halló? ¿Cuál cree que fue realmente la causa de muerte?

El profesional giró el sillón unos cuarenta y cinco grados, dejando el cuerpo totalmente expuesto para que el comisario lo viera con claridad. Señaló con el dedo meñique cubierto por un guante de látex blanco la zona oscurecida y explicó:

—Esa mancha negra que ve alrededor de la aorta es una necrosis fulminante, producto inequívoco de una mordedura de serpiente. Mire bien: aquí están las dos marcas claras de los colmillos. Lo que no encaja para nada es el tiempo: una lesión así tarda entre seis y doce horas en desarrollarse… y el sargento lleva muerto apenas dos horas y media, tres a lo sumo. Además, incluso si lo hubiera atacado un ofidio, tendría sentido que corriera a buscar ayuda en un hospital, no que se quedara sentado aquí hasta morir. Mi conclusión: lo envenenaron a propósito y lo obligaron a permanecer en este sitio hasta que falleció.

—Muchísimas gracias por el informe, doctor. Avíseme de inmediato si aparece cualquier dato nuevo —le pidió Muslera, con voz seria pero inquieta.

—Así se hará, mi comisario.

Se giró hacia los agentes de guardia y dio la orden tajante, cortante:

—Revisen todo: oficina, pasillos, el patrullero… busquen huellas, rastros, cualquier cosa. Quiero dar con quien hizo esto, cueste lo que cueste.

Mientras los peritos espolvoreaban buscando algún indicio revelador sobre muebles y superficies, la mirada de Muslera cayó sobre el escritorio de López. Allí vio una carpeta plegable de cartón vieja y gastada, la abrió despacio… y dentro encontró, ordenadas con extremo cuidado, varias fotografías a color y en blanco y negro de niños y niñas desaparecidos en San Genaro hace años atrás.

Se pasó la mano por la barbilla, acariciándose la sombra de barba que le crecía, con los ojos muy abiertos de asombro y alarma. Y soltó la pregunta que le quemaba la boca, en voz baja, como si nadie debiera escucharla:

—¿Pero qué mierda es todo esto?

Thoughts

  • Ovid

    Que el forense ponga seis a doce horas de necrosis en un muerto de dos horas y media me suena a que la víbora es lo de menos y que alguien la llevó hasta la comisaría con intención. Apuesto a que esa carpeta de los chicos de San Genaro es el hilo de todo lo que viene, y ya quiero ver cuánto sabía López.

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  • Marisolita

    Esa Alicia ni llorando se achica, ¡adiós! Conozco una señora así, viuda también, que te saca la mano de un manotazo y sigue con el pañuelo en la otra.

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