Leonardo, María y Raúl continuaban avanzando en grupo por los pasillos oscuros de la planta alta. Al pisar el último peldaño de la escalera hacia el nivel inferior, Brian se detuvo en seco, apuntando el haz de su linterna hacia el camino a sus espaldas.
—Sigan ustedes —dijo, acomodándose la correa de la mochila en el hombro—. Voy a buscar a Lorena... Se está demorando demasiado afuera y no me gusta nada este ambiente.
Sin esperar la respuesta del resto, desandó el pasillo a paso rápido. Sin embargo, justo antes de alcanzar el vestíbulo principal, un destello metalizado al fondo de un corredor lateral le llamó la atención. Intrigado, aminoró la marcha y se desvió de su trayecto.
Al final de aquel pasillo olvidado, en lo que parecía ser un antiguo garaje interno de la propiedad, la silueta de un vehículo descansaba bajo una lona gris cubierta de polvo. Solo las llantas cromadas sobresalían, reluciendo con un brillo anormal en medio de las sombras.
Llevado por una fascinación inmediata, Brian agarró el extremo de la lona y tiró de ella deslizando la sobre el vehiculo. La linterna casi se le cae de las manos por la impresión.
Ante sus ojos descansaba un Renault Fuego GTA de un azul profundo y metalizado, impecable, reluciente, como si acabara de salir de la línea de montaje. Ni una sola mota de polvo empañaba su pintura.
—Este es mi más grande deseo... —susurró Brian, acariciando la chapa helada, completamente hipnotizado.
Accionó la manija y abrió la puerta. El aroma a cuero nuevo, nafta y elegancia lo golpeó de lleno. Se acomodó en el asiento del conductor, sujetando el volante con ambas manos como si estuviera tomando posesión de un trono. «Algún día voy a tener uno igual... Nadie va a poder pasarme por encima», pensó con una sonrisa cargada de vanidad.
En ese instante, la trampa de la mansión se cerró. Su cuerpo que tieso y en su oído sonaba un jadeo morboso, un suspiro que sonaba al mismo infierno.
El asiento del conductor se reclinó hacia atrás con un chasquido mecánico y violento. Las trabas automáticas de las puertas bajaron con un clac seco e inamovible. Brian quedó encajado contra el respaldo, inmovilizado por una fuerza invisible que le presionaba el pecho.
El pánico comenzó a ahogarlo cuando de las rejillas del aire acondicionado empezó a brotar una niebla blanca, densa y helada. El vapor saturó el habitáculo en segundos. En medio de esa bruma, los rostros de su pasado empezaron a desfilar en el parabrisas: las personas que engañó para sentirse poderoso, las mujeres a las que manipulo, las lágrimas que provocó para alimentar su ego de dominador.
De pronto, una voz terrorífica le susurró al oído, utilizando sus propias frases, sus mismos juegos de manipulación. El terror le secó la boca por completo: por primera vez en su vida, él no tenía el control. Era la presa.
Un dolor atroz y desgarrador le estalló en la entrepierna. Brian abrió la boca para gritar, pero el aire congelado no alcanzó a llenar sus pulmones. El silencio claustrofóbico del auto solo fue roto por un sonido húmedo, desgarrador y hueco.
La niebla blanca dentro del vehículo se tiñó de un tono rojo espeso. Una salpicadura caliente cubrió el parabrisas desde el interior, goteando lentamente sobre el tablero.
Mientras la vida se le escapaba entre las costuras de cuero nuevo, un último susurro glacial le sopló al oído:
—Sus miedos y sus deseos los matarán.
El Renault Fuego quedó sumido en la penumbra del garaje, con los faros apagados y la sangre goteando en silencio dentro del habitáculo sellado.