Mientras el grupo avanzaba en hilera por la penumbra de los pasillos, entre murmullos apagados y el crujido hueco de sus pasos sobre el piso de madera, Lorena empezó a retrasarse.
También madre doble de lo que se guarda Una opresión opresiva, helada, comenzó a cerrársele alrededor del cuello. Su respiración se volvió agitada, ruidosa, rasposa.
Llevó una mano a su pecho, sintiendo el taquicardia desbocada, y soltó una voz ahogada:
—No me siento bien... Me sofoco. Necesito salir a tomar aire fresco.
—Te acompaño —se ofreció Brian de inmediato, girando el haz de su linterna directo a la cara pálida de ella.
—No, no, quédense juntos —insistió Lorena, forzando la voz mientras se apretaba la garganta como si el aire dentro de la casa fuera veneno puro—. Solo voy a respirar un poco en el porche y vuelvo.
No quiero arruinar la recorrida.
Sin esperar objeciones, dio media vuelta y apuró el paso en dirección contraria, desandando el pasillo a oscuras hasta cruzar la pesada puerta principal de roble y salir al aire libre.
Caminó a tientas bajo la luz tenue y glacial de la luna, intentando calmar el temblor de sus manos y llenar sus pulmones.
El viento nocturno la alivió durante un segundo, hasta que un haz de luz ciego brolló de la nada y la deslumbró por la espalda.
Desde la penumbra del jardín, una voz metálica y con un tono de mando gélido cortó la noche:
—No se mueva.
Manos sobre la cabeza.
Al escuchar la orden, el rostro de Lorena se desfiguró de pánico.
La sangre se le congeló en las venas y un recuerdo sepultado bajo décadas de culpa le explotó en la mente como un relámpago cegador:
Septiembre de 1988.
El chirrido seco de un auto frenando frente a la escalinata del Banco Central.
La puerta del acompañante abriéndose de golpe.
Lorena bajando a toda prisa con una gorra calada y un pañuelo ocultándole la cara hasta la nariz.
En su mano derecha, el peso helado de una 9mm con silenciador.
Tres detonaciones sordas directo al pecho de un hombre de traje.
La víctima cayendo de espaldas sobre el mármol, soltando un maletín de cuero.
Ella arrebata el maletín y le arranca del pulso un reloj de oro con broche roto.
Una mirada fugaz a la cámara de seguridad, una sonrisa fría.
El escape a toda velocidad.
Horas después, en una habitación de hotel con las cortinas cerradas, el maletín abierto desbordando billetes.
Risas de euforia, copas de champán y abrazos manchados con el olor penetrante de la pólvora.
El terror atávico a ser apresada aplastó cualquier atisbo de razón.
Sin vacilar, Lorena giró sobre los talones e intentó correr hacia la oscuridad del jardín.
No dio más de tres pasos.
En medio del silencio sepulcral de la madrugada, un estallido seco perforó la noche.
El impacto del proyectil en la nuca le apagó la conciencia en un microsegundo.
Murió antes de tocar el suelo.
Su cuerpo cayó pesado y flojo dentro de la fuente de piedra del jardín, quedando en la misma posición de crucifixión inclinada que su víctima de 1988.
En su muñeca, el reloj de oro robado, detenido para siempre, destelló bajo la luz de la luna.
Desde las sombras de los árboles, nadie salió a arrestarla.
No había patrullas ni policías.
Solo se recortó la silueta difusa de una sombra sin rostro que se desvaneció en la bruma.
El sonido metálico de un arma al caer y chocar contra las baldosas resonó sutilmente, mientras una voz susurrada por el viento dictaba la sentencia de la casa:
—Sus miedos y sus deseos los matarán.
El cadáver de Lorena quedó flotando en el agua estancada de la fuente, sumergido en un silencio sepulcral.
Consumada la ejecución de la primera víctima fuera de los muros, la Mansión Newhell reaccionó.
La enorme puerta de roble de la entrada principal fue azotada hacia adentro con una violencia descomunal, impulsada por una tormenta invisible.
El retumbo del portazo sacudió la estructura de punta a punta, haciendo temblar los techos y sellando, de un solo golpe, la suerte de los sobrevivientes.
Los pestillos de hierro saltaron por sí solos en los marcos.
Las ventanas de la fachada dejaron caer sus pesadas persianas de madera con estruendos secos.
En cuestión de un parpadeo, la Mansión Newhell se cerró herméticamente sobre sí misma, convirtiéndose en una tumba de piedra sin salida.
El juego estaba en marcha, y los siete que continuaban en el interior acababan de convertirse en prisioneros de sus propios secretos.