INTERLUDIO I — Bogotá antes del Domo (2112)
La carrera Séptima olía a pavimento recién mojado por la lluvia, al aliento cálido de los motores híbridos que circulaban despacio, y al aroma dulce y salado de las arepas de queso recién salidas de la parrilla, que se extendía desde los puestos de las esquinas de Chapinero hasta llegar a las aceras. En el cielo no había cúpulas enormes de polímero cuántico ni barreras que separaran la ciudad del aire libre; tampoco pantallas holográficas corporativas encendiéndose y apagándose entre la niebla. Las nubes grises y bajas venían cargadas desde el occidente, y la lluvia caía directa, libre, helada y limpia, golpeando el suelo y formando charcos oscuros donde se reflejaban largas y rojas las luces de los tranvías que subían y bajaban por la avenida.
Los cerros orientales no eran una franja verde cuidada, modificada y contenida: eran un muro inmenso y salvaje de vegetación viva, espesa y antigua, lleno de cañas de chusquea que se mecían con el viento, árboles de encenillo y aliso de troncos gruesos y oscuros, y por donde bajaban, claras y rápidas, las quebradas que nacían en lo alto y corrían hacia el valle llevando agua tan transparente que se veían las piedras del fondo.
Allí caminaba Marius Sol, joven, apenas veintidós años, con una libreta de tapas de cuero oscuro y desgastado bajo el brazo, y la ropa empapada hasta los hombros. Se detuvo en el pequeño puente de hierro sobre el río Arzobispo, apoyó las manos frías sobre la barandilla, y se quedó mirando el agua pasar rápida y fresca. Y justo ahí, en la orilla entre las hojas anchas y carnosas de un arbusto de cartucho silvestre, vio una pequeña forma brillante: una rana de cristal, tan fina que casi se le veían los órganos bajo la piel, que cantaba suavemente bajo la llovizna fina que no paraba.
El joven sonrió, sacó su libreta, abrió la página que tenía marcada y escribió con letra clara, rápida y entusiasta:
«Aún cantan en el centro mismo de la ciudad si va a llover mañana. La presencia de estos pequeños seres, su capacidad de sobrevivir y avisarnos, es el indicador más hermoso y delicado de nuestra salud urbana. Mientras ellas sigan aquí, seguimos vivos.»
A su alrededor, la gente pasaba apresurada bajo paraguas negros y azules, hablando de los partidos de fútbol del fin de semana, de cómo subía poco a poco el precio del café, de las elecciones que venían y de los proyectos para proteger las cuencas. Nadie se detenía a mirar el río, ni la rana, ni a ese joven que escribía en su cuaderno. Nadie podía imaginar que apenas tres décadas después, ese mismo río sería un canal cubierto de desechos industriales y residuos biológicos; que la rana de cristal, tan pequeña y valiosa, desaparecería para siempre de los Andes, borrada por la contaminación y el cambio climático; y que toda esta ciudad, abierta y lluviosa, quedaría encerrada bajo una bóveda artificial de cuarenta kilómetros de diámetro, respirando aire filtrado, estéril y vigilado, como si el mundo de afuera ya no fuera seguro para nadie.
Marius cerró la libreta con cuidado, la apretó contra su pecho para protegerla de la humedad, y volvió a mirar el agua que corría sin detenerse. En aquel momento, él no soñaba con crear seres nuevos, ni con dominar la biología, ni con salvar el planeta a toda costa. Solo quería una cosa sencilla y profunda: que el mundo no dejara de cantar. Que nadie perdiera nunca la capacidad de escuchar, de cuidar, de saber que esas voces pequeñas eran las que mantenían todo en pie.
No sabía todavía que, al intentar protegerlo todo, terminaría construyendo la herramienta que lo borraría todo.