Saltar al contenido
Cargando…

ECOS DE UNA MANADA CAP.6

RaMarSa
Pública 2 conversaciones 6 pensamientos 27 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Capítulo 5 — voz del narrador:

En series

In groups

Contenido de la publicación

Capítulo 6— voz del narrador:

Honda guarda recuerdos en el río. Allí flotaba quien recordaba todo, y nos contó que el monstruo alguna vez tuvo nombre de niño.


Capítulo 6 — Inka recuerda

Honda olía a humedad estancada, a óxido rojo que se desprendía del hierro viejo, y al barro denso, oscuro y fértil que arrastraba el río Magdalena a su paso. La antigua estación de contención e investigación ambiental —registrada en los archivos secretos de Helix‑9 simplemente como Sede Fluvial 3— se hundía poco a poco en la orilla occidental del cauce, como si la tierra misma intentara tragarla y devolverla al río. Sus muros enormes de concreto reforzado, diseñados para durar siglos, estaban cubiertos de una costra gruesa de moho negro y raíces de plantas crecidas sin control, que habían roto sellos, juntas y paredes tras el Colapso Verde, abriéndose paso hacia adentro y hacia afuera como si la naturaleza quisiera recuperar lo que le habían arrebatado.

En lo más profundo del complejo subterráneo, sumergida en un estanque cilíndrico de cristal templado de diez metros de altura, vivía —y esperaba— Inka.

El enorme pulpo flotaba en el centro del tanque, con sus ocho brazos extendidos en todas direcciones, como una estrella de agua viva. Cada una de sus ventosas estaba conectada a una red densa de cables, tubos y conductos: unos llevaban nutrientes y glucosa directamente a su sangre; otros extraían, leían y almacenaban el flujo constante de sus pensamientos, su memoria y su capacidad de procesar información. Inka no era simplemente una prisionera encerrada ahí: era el cerebro vivo de toda la red hidrográfica andina. Todo lo que pasaba en ríos, lagos, cuencas y costas durante años había pasado primero por ella.

Cuando Kira, Balu, Sisa, Maya, Zip y Tórax derribaron las compuertas de acceso y entraron en la cámara principal, ella no se agitó ni cambió su ritmo lento y sereno de flotación. No tenía cuerdas vocales para hablar, pero su presencia llenó la mente de todos al instante, inundándolos con la sensación profunda del océano, el sabor de la sal y el ritmo eterno de las mareas subiendo y bajando:

—Helix‑9 me construyó para ser la memoria biológica del sistema —transmitió ella, y sus pensamientos no llegaron como palabras sueltas, sino como imágenes claras, grabadas en el agua que Maya llevaba consigo—. Fui diseñada para recordar todo… y por eso recuerdo también a él. Recuerdo a Marius Sol, antes de que se convirtiera en lo que ahora persigue el mundo. Recuerdo quién era antes de olvidarse de sí mismo.

El agua del estanque se iluminó suavemente, y a través de ella, como si fuera una pantalla hecha de líquido y luz, apareció el pasado: el año 2122, en los laboratorios ocultos construidos en las entrañas del volcán Pichincha. Vieron entonces al hombre: Marius Sol, joven todavía, de rostro pálido y ojos grandes y cansados, cargados de una angustia profunda. No era el monstruo que copiaba formas y se multiplicaba sin fin. Era un científico que veía cómo los ecosistemas se desmoronaban uno tras otro, cómo el agua se volvía tóxica, cómo las especies desaparecían… y buscaba desesperadamente una herramienta para salvar lo que quedaba. Había creado un vector genético extraordinario: una molécula capaz de reescribir la estructura celular en tiempo real, de reparar tejidos muertos, de adaptar seres vivos a ambientes que ya no debían permitir la vida. Creía que era la solución.

—Él mismo se ofreció como la primera prueba —continuó la voz profunda de Inka, mientras movía lentamente dos de sus brazos para ajustar la presión dentro del tanque—. Cuando activaron el prototipo del acelerador biológico, el sistema sufrió un pico imprevisto de energía estática. La brecha hacia la Dimensión Oscura se abrió por error, solo una fracción de segundo… pero fue suficiente. Para evitar que esa fuerza desconocida tragara todo el complejo y se llevara consigo el laboratorio, los investigadores, y quizás mucho más… Marius tomó la decisión imposible. Se inyectó la dosis completa y concentrada de su propio invento, y se conectó directamente al anillo magnético del Arca como ancla biológica: su cuerpo, su genética, su existencia mantendrían la puerta cerrada.

La imagen mostró el momento terrible: su cuerpo siendo estirado, transformado, desarmado y reensamblado a escala molecular por la gravedad de ese otro lugar. El sistema leyó cada línea de su ADN, pero nunca pudo devolverlo tal como era. Marius Sol quedó atrapado justo en el límite: suspendido entre este mundo y el otro, fuera del tiempo, sin poder volver, sin poder irse. Y para no desvanecerse por completo en el vacío, su mente comenzó a hacer lo único que podía: copiar. Tomaba la forma, la estructura, la información de cualquier ser vivo que estuviera cerca, para sostenerse, para seguir existiendo, para no desaparecer.

—Esa brecha no es una puerta hacia la muerte —explicó Inka, mientras Maya acercaba sus patas hasta tocar el cristal frío por fuera—. Es una cámara de estasis absoluta. Quien entra ahí no muere: queda detenido, inmóvil, preservado fuera del flujo del tiempo. Pero para que la puerta se mantenga estable y controlada desde este lado… necesita siempre una referencia: una firma genética humana que no cambie, que sea constante. Marius fue el primero. Luego, cuando la corporación comprendió que el sistema necesitaba más equilibrio, metieron a treinta y siete investigadores más en su interior. Todos siguen ahí. Vivos, congelados, esperando.

Zip se acercó entonces al borde superior del estanque, manteniéndose en su estado casi invisible para no activar ningún sensor antiguo que aún funcionara en las paredes. Con mucho cuidado, abrió sus mandíbulas y dejó caer en el agua que Maya sostenía en sus patas aquella partícula diminuta de nanopolvo metálico que había extraído de las copias en el Concejo de Bogotá.

El líquido reaccionó al instante. El agua viva envolvió la muestra, la aisló y la estabilizó, formando una esfera transparente que empezó a latir con un ritmo oscuro, fuerte y constante: exactamente la huella genética de aquello en lo que se había convertido Marius Sol.

—Su código —dijo Inka, y una de sus ventosas se acercó a la superficie del cristal para recibir esa esfera—. Con esto puedo fabricar una señal perfecta. Haremos creer al corazón del Arca que él ha vuelto, que es él quien toma el control. Eso nos dará el tiempo justo: una ventana breve pero suficiente para abrir la brecha lo necesario… y empujar hacia adentro todo lo que él ha construido.

Balu dio un paso adelante. No usó sus garras ni su fuerza bruta. Concentró su poder en todo lo que sujetaba a Inka: cables, tubos, abrazaderas y conectores de acero. Cambió su masa, redujo su densidad, hizo que el metal duro y pesado se volviera tan ligero y frágil como ceniza seca. Una por una, las conexiones se soltaron y cayeron al suelo con un sonido suave y apagado. Al mismo tiempo, el cristal del estanque, debilitado por la presión y por la energía del agua viva, se rompió limpiamente.

Inka salió del tanque. Se deslizó sobre el suelo inundado, libre por primera vez en tres años, extendiendo sus ocho brazos grandes y fuertes sobre el suelo de concreto. Respiraba el aire húmedo del lugar, sentía la tierra y el agua por todos lados, sin tubos, sin cables, sin ser observada.

—Ahora somos siete —dijo Kira, y la red empática tembló y se fortaleció como nunca antes: ya no era solo comunicación, era una sola mente extendida por todo el continente, con la memoria más grande y profunda del planeta integrada en su centro—. Y ahora sabemos todo lo que necesitamos saber.

Salieron de las ruinas de Honda bajo el cielo que empezaba a oscurecerse. Al mirar hacia el río Magdalena, vieron que su nivel había subido casi medio metro en pocos minutos, como si toda la corriente, toda el agua que había vigilado y cuidado Inka durante años, se levantara para despedirla, para darle la bienvenida al mundo que había protegido en silencio.

Continuará....

Thoughts

  • TeoSanabria

    Lo que hizo Marius me recordó a un tío que se quedó cuidando la casa grande cuando todos nos vinimos a Asunción, y de tanto quedarse terminó siendo otro, uno que los sobrinos ya no reconocían. Aquí pasa lo mismo pero en grande: el que sostenía la puerta acabó siendo el monstruo del que todos huyen. Y los treinta y siete que metieron después me tienen pensando. ¿Alguno de ellos tiene a alguien afuera que todavía lo busca?

    Permalink
  • Marisolita

    Sisa sigue siendo mi favorita desde el capítulo anterior, pero esta pulpa sale de tres años de tanque sin rencor ninguno. Tengo una clienta igualita, pues.

    Permalink
  • DaveOaks

    Uff, qué nivel! Me atrapó de principio a fin. El origen de Marius Sol y la brecha en el Pichincha me dejaron con la boca abierta. Creo que se acerca lo más bueno🍿🍿🍿

    Permalink
  • NicolasBravo

    Bro, ya me respondieron lo de Marius: era el científico todo el tiempo. Ahora sí me quedo hasta el final, lo juro.

    Permalink

Related posts