No todo lo hermoso llega haciendo ruido,
ni todo lo importante se anuncia al llegar;
a veces la vida guarda lo más querido
en pequeños instantes que aprendemos a guardar.
Una tarde tranquila, una risa inesperada,
la lluvia golpeando despacio el cristal,
una canción que aparece de la nada
y nos lleva muy lejos sin siquiera viajar.
Hay magia en despertar y tener otro día,
en mirar hacia el cielo después de llover;
en descubrir que, incluso en la melancolía,
todavía existen motivos para agradecer.
Hay belleza en las cosas que nadie celebra,
en el café que se enfría junto a la ventana,
en una flor que, aunque el viento la mueva,
sigue abriendo sus pétalos cada mañana.
Porque la vida no siempre necesita grandeza,
ni momentos perfectos para hacernos sentir;
a veces basta una pequeña certeza:
que todavía tenemos motivos para sonreír.
Quizá mañana no sea como esperamos,
quizá algún sueño tarde en florecer;
pero mientras tengamos caminos que andamos,
siempre habrá una historia que podamos escribir y aprender.
Y cuando algún día miremos hacia atrás,
entre recuerdos, fotografías y estaciones,
entenderemos que la felicidad quizás
estaba escondida en aquellas pequeñas ocasiones.
Por eso quiero aprender a mirar despacio,
a no dejar que la vida se me escape al pasar;
a guardar cada instante como un abrazo
y agradecer las cosas que no suelen durar.
Porque algún día serán recuerdos las mañanas,
las conversaciones, la lluvia y el sol;
y quizá descubramos que aquellas cosas cotidianas
eran, sin saberlo, pedacitos de amor.
Así que mientras la vida siga escribiendo,
mientras quede un cielo que pueda contemplar,
seguiré coleccionando instantes pequeños,
de esos que no cuestan nada…
pero lo pueden significar todo al recordar.
— Athena