Hay ausencias que no hacen ruido,
pero se sienten mucho más que un adiós;
se quedan caminando contigo
aunque ya no caminen los dos.
Hay silencios que dicen demasiado,
palabras que nunca llegaron a salir;
y recuerdos que, aunque hayan pasado,
encuentran mil formas de volver a vivir.
Con el tiempo aprendí que perder
no siempre significa fracasar;
a veces dejar algo atrás es crecer,
aunque duela aprender a soltar.
Porque hay puertas que deben cerrarse,
aunque nos cueste dejarlas atrás;
hay historias que deben terminarse
para que otras puedan comenzar.
Y no todo lo que duele es tristeza,
ni todo lo que termina es final;
a veces la vida, con delicadeza,
nos quita un peso para hacernos volar.
Aprendí a querer mis cicatrices,
porque cuentan lo que pude superar;
cada una guarda días difíciles
que me enseñaron de nuevo a caminar.
Ya no le temo tanto a las despedidas,
aunque algunas todavía duelan al partir;
sé que incluso las heridas más profundas
pueden enseñarnos otra forma de existir.
Hoy miro hacia atrás sin reproches,
sin pedirle al pasado regresar;
agradezco incluso aquellas noches
que me enseñaron de nuevo a caminar.
Porque a veces perder lo que amamos
es descubrir cuánto podemos resistir;
y cuando dejamos atrás lo que extrañamos,
aprendemos nuevamente a sonreír.
Porque no todas las ausencias son vacío,
ni todo final significa caer;
algunas llegan para abrir un nuevo camino,
hacia la persona que algún día voy a ser.
Quizá crecer sea justamente eso:
aprender a soltar sin dejar de sentir;
guardar lo vivido con cariño y respeto
y seguir adelante, eligiendo vivir.
— Athena