Hay un grito en el pecho que nadie puede oír,
un vacío profundo que lo empieza a extinguir.
No es tristeza corriente, no es un llanto fugaz:
es sentir que la vida ya no puede más.
Despertar es cargar con un invierno letal,
con el alma arrastrándose sobre un suelo de sal.
Cada hora es un siglo, cada espacio, prisión,
mientras crece en la sombra la desesperación.
Y mañana, de nuevo, tocará actuar:
vestirse de luces, aprender a imitar.
Frente al mundo que pasa sin ver el dolor,
ensayar el engaño, dibujar el color.
Una mueca perfecta, una risa fugaz,
para ocultar aquello que no se dice jamás.
Por dentro, un desierto, ceniza también,
y una voz que sonríe diciendo: «Estoy bien».
Pero, en medio del caos, una fuerza despierta
al recordar que afuera hay una mano abierta.
Hay alguien que escucha, que ofrece su voz,
pedir compañía también es valor.
Si el peso te vence, no cargues a solas;
hablar puede abrir una puerta entre sombras.
No tienes que hacerlo tan solo por alguien,
tu vida también merece que la salves.
Seguiré batallando contra el monstruo invisible,
haciendo del mañana un destino posible.
Sé que los ojos que hoy cubre la bruma
volverán a ver luz cuando esta se disipe.
Y esa máscara rota, al fin, caerá al suelo;
detrás de sus grietas se abrirá el cielo.