La humanidad predica luz,
pero se esconde en el dolor;
con una mano ofrece paz,
con la otra siembra rencor.
Sonríe el rostro, tiembla el pecho,
la culpa duerme en el espejo;
decimos «nadie está solo»,
mientras cerramos el cerrojo.
Juzgamos monstruos en la calle,
sin ver el nuestro en cada detalle;
condenamos la oscuridad,
pero la vestimos de bondad.
Se habla de justicia y dignidad,
mientras se vende la impunidad.
Se grita «amor» frente al celular,
y al que se quiebra lo deja esperar.
Al pobre le exigen que agradezca el pan;
los que más tienen siempre piden «más».
Y al que perdió hasta la esperanza
le llaman flojo si no se levanta.
Vemos el hambre cruzar la avenida,
bajamos la vista, seguimos la vida.
Decimos: «Qué pena, qué triste situación»,
y dormimos tranquilos después del sermón.
Nos limpia la culpa una frase sencilla:
«No es asunto mío». Y cae la cortina.
Así se hace el daño: sin odio, sin gritos,
con miles de «no vi» perfectamente escritos.
Pero un día el dolor golpea tu puerta,
y ya no hay pantalla que tape la escena.
Pides la mano que negaste al pasar…
y el mundo te mira, aprende a ignorar.
Y cuando el mundo al fin calló,
cada máscara se quebró:
no había un monstruo entre la gente…
el monstruo nos miraba de frente.