La noche llega despacio a mi ventana,
vestida de estrellas y de oscuridad;
y mientras el mundo descansa en calma,
mi alma se pierde buscando tranquilidad.
Hay algo hermoso en mirar el cielo,
cuando la luna comienza a aparecer;
parece contarme, sin usar ningún verbo,
que todavía hay mucho por conocer.
Me gusta ese instante donde todo se detiene,
donde el ruido se pierde en algún lugar;
cuando el corazón, sin saber qué quiere,
encuentra en el silencio una razón para soñar.
Quizá la felicidad no sea eterna,
ni tenga siempre una forma especial;
quizá se esconda en una noche serena,
en una taza caliente o contemplando el mar.
Por eso quiero aprender a disfrutar
cada pequeño instante que la vida me dé;
sin preguntarme cuánto habrá de durar,
sin tenerle miedo a lo que todavía no sé.
Porque algún día estas noches serán recuerdos,
y extrañaré aquello que hoy puedo contemplar;
por eso quiero vivir los momentos completos
antes de que el tiempo los quiera transformar.
Y cuando vuelva a mirar las estrellas,
desde algún lugar que aún no conocí,
recordaré aquellas noches tan bellas
en las que fui feliz simplemente por estar allí.
Quizá ese sea el secreto de la vida,
no esperar siempre algo extraordinario;
sino encontrar belleza en cada despedida
y guardar lo vivido como un tesoro necesario.
Y si mañana la noche vuelve a llegar,
con su luna brillante y su cielo infinito,
cerraré los ojos y me dejaré llevar,
agradeciendo haber vivido cada instante bonito.
Porque mientras existan estrellas para contemplar,
y una luna dispuesta a volver a brillar,
habrá nuevos recuerdos que pueda guardar
y nuevas historias que algún día pueda contar.
— Athena