Hay un rincón perdido entre los días,
donde el tiempo parece caminar despacio;
allí se esconden pequeñas alegrías
que guardamos sin saber por qué en el espacio.
No tiene nombre, tampoco dirección,
nadie podría encontrarlo aunque quisiera;
vive escondido detrás de una canción,
en una tarde cualquiera, en una mirada pasajera.
Allí guardo momentos que no parecen importantes,
risas que quizá mañana olvidaré;
palabras diminutas, instantes distantes,
y todo aquello que nunca expliqué.
A veces regreso sin darme cuenta,
cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso;
y encuentro una calma pequeña y secreta,
un refugio sencillo, pero maravilloso.
No sé por qué algunas cosas permanecen,
mientras otras se pierden al pasar;
quizá porque ciertos recuerdos contienen
algo que el tiempo no consigue borrar.
He aprendido que no todo tesoro brilla,
ni todo lo valioso se puede tocar;
hay recuerdos que parecen una semilla
que solo con los años comienza a brotar.
Y quizá algún día, cuando todo cambie,
cuando ya no seamos quienes somos hoy,
volveré a ese rincón donde nada se acaba
y recordaré todo aquello que fui y que soy.
Tal vez entonces comprenda, finalmente,
por qué algunas cosas decidí guardar;
por qué ciertos instantes, aparentemente inocentes,
se quedaron conmigo sin querer marchar.
Porque hay lugares que no existen en los mapas,
pero conocen perfectamente nuestro interior;
se construyen con recuerdos, silencios y palabras
y terminan convirtiéndose en parte de lo que somos.
Y si alguien me pregunta dónde encuentro
esa paz que no consigo explicar,
no señalaré ningún sitio concreto:
diré que está donde aprendí a recordar.
— Athena