Me miré al espejo: estaba entera,
no rota, no pequeña, no vencida;
me vi con fuerza, libre y verdadera,
con ganas locas de vivir mi vida.
Dije basta al grito que me humilla,
a pedir perdón de rodillas, callada,
a la mano que no acaricia: castiga,
a esa sombra que me hacía sentir nada.
Tomar la puerta también es valentía,
no es huir; es elegirme por primera vez.
Es llorar y temblar y, aun así, ese día,
decirme: «Puedo sola. Me pondré de pie».
Aprendí que sola también camino,
que mi casa cabe en mi propio abrazo;
que no necesito un amor mezquino,
mi paz no se vende por migajas.
Me costó, me dolió; aun así, avancé,
Cada paso me hizo más fuerte,
Al fin rompí mis cadenas
y volví a ser dueña de mi suerte.
No necesito que nadie me complete,
ya estoy completa, ya sé quién soy.
No más humillación que me somete;
hoy renazco, hoy me digo: «¡Voy!».
Y cuando el miedo quiera regresar,
cuando dude si podré avanzar,
me repetiré, para no olvidar:
«Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en donde quiera que vayas».
Josué 1:9