Te observo desvestirte con la mente,
un despojo mental, puro y paciente;
mi mirada te arranca la armadura
mientras mido el nivel de tu cordura.
Es un caos hermoso, un torbellino,
donde cruzo la puerta de tu destino;
no me basta mirarte en la distancia,
quiero infectar el aire con mi fragancia.
Podría besar tus demonios
hasta que aprendieran mi nombre,
acariciar cada grieta
y convertirla en mi territorio;
podría hacer de tus secretos
una habitación cerrada
donde solo yo tuviera la llave.
Anhelo disolverme en tus arterias,
gobernar tus vigilias y miserias,
habitar el espacio de tu aliento
y sembrar en tu pecho mi pensamiento.
No quiero que me necesites por ternura.
Quiero que me busques
cuando intentes olvidarme,
que encuentres mi aroma
en cada cuerpo,
mi voz en cada silencio,
mis manos en todo aquello
que alguna vez te hizo sentir vivo.
Ser la aguja que teje tus temores,
el veneno dulce de tus dolores;
soy la sombra detrás de tu reflejo,
la que rompe la calma del espejo.
Ya no distingues dónde te terminas,
si respiras amor o mis espinas;
me he metido muy hondo, aquí me quedo,
convertida en tu dueña y en tu miedo.