El firmamento se ha quedado a oscuras, interrumpiendo el nacimiento del amanecer y despojando a la noche de sus faros plateados. Así se siente la agonía de un anhelo inalcanzable: una quimera que se disuelve entre los dedos.
En lo más profundo del pecho despierta una furia antigua, un grito atrapado en las grietas del ser que se estrella contra el muro de un silencio absoluto. Nadie escucha. La mudez gana la partida y me destierra de mí mismo una vez más.
Ya no busco un bálsamo superficial para el dolor; la hipocresía de un olvido a medias ya no basta. Es imperativo extirpar la ponzoña desde la raíz, prenderle fuego al engaño hasta que solo la verdad resplandezca.
Deseo una cura real, aunque exija hundir el acero en el epicentro de la herida y arrancar aquello que corrompe el alma, aquello que desborda mis ojos en llanto.
Guardián de este corazón, concédeme el paso. Imploro tu abrigo divino. Extiendo la mano hacia el vacío, desesperado por recuperar mi estrella perdida. Dame valor; despeja el camino.
Necesito postrarme ante mi Creador y confesarle, con el aliento casi extinguido, que este peso que llevo en el alma se ha vuelto insoportable.
Esta cruda realidad me desgarra. Por eso, con el alma agotada, clamo a Ti:
«Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu compasión; conforme a la multitud de tus tiernas misericordias, borra mis transgresiones».