I. Secretos de bar
Aprovechando la confusión que reinaba en los pasillos de la planta alta, Cecilia y Jorge se retrasaron disimuladamente del grupo.
Se deslizaron hacia una enorme sala de estar dominada por una imponente barra de bebidas de roble oscuro, refugiándose ahí para hablar en voz baja, lejos del resto.
—Sé que no puedo volver el tiempo atrás... —dijo Cecilia, intentando impostar un tono de voz comprensivo—. Pero tienes que dejar de culparte, Jorge. Fue un accidente.
—No puedo. Me atormenta todos los días... —respondió él, con la mirada perdida y errante entre el reflejo de las botellas alineadas—. Fui yo quien le sacó el auto a mi viejo a escondidas ese día.
Y hoy él está pagando en prisión una culpa que era mía... El alcohol es lo único que me hace olvidar, aunque sea un rato.
Cecilia lo miró fijo, pero ya no lo escuchaba. Su atención se había extraviado. Mientras Jorge se desnudaba emocionalmente, una voz ajena, sibilante y rasposa le taladró el cráneo desde adentro:
—Las joyas están en la caja fuerte... En la sala posterior...
De golpe, las pesadas arañas de cristal del techo y las lámparas del bar estallaron con una intensidad cegadora, cobrando una vida rabiosa tras décadas de sombras.
Cecilia sacudió la cabeza, como despertando de un trance hipnótico. Ignoró el temblor en las manos de Jorge y le tocó el brazo con prisa.
—Perdón... voy a recorrer un poco más la casa —dijo, con los ojos clavados en la puerta del fondo de la estancia—. Quédate acá. Te busco en un minuto.
Le dio un beso frío, apurado, en la mejilla y se alejó sin mirar atrás, guiada únicamente por el susurro de su propia ambición.
Dejó a Jorge completamente solo.
II. Trago ardiente
Apenas Cecilia cruzó el umbral del bar, el peso de la soledad aplastó a Jorge.
Las luces que acababan de encenderse comenzaron a parpadear con un zumbido eléctrico.
Una voz en el fondo de su conciencia desenterró su peor pesadilla, proyectándola frente a sus ojos con la nitidez de un relámpago:
Septiembre de 1994. Él, con solo catorce años, aferrado con nudillos blancos al volante del auto de su padre en una calle desierta y oscura, pisando el acelerador a fondo.
El momento fatídico en que dos niños cruzaron la calzada corriendo.
El impacto seco, metálico y hueco. Los dos cuerpos quedando inertes sobre el asfalto caliente.
Y horas después, la escena que lo destruyó por completo: mirando a través de las persianas cómo su padre salía esposado de la casa, guardando un silencio sepulcral para cargar con una condena que no le correspondía.
Jorge rompió en un llanto amargo y desconsolado. Sin embargo, las lágrimas se le congelaron en las mejillas cuando perdió por completo el control de su cuerpo. Sus brazos se movieron solos, impulsados por una rigidez involuntaria. Agarró el vaso mezclador de acero inoxidable y lo llenó hasta el borde directamente de una jarra de cristal.
Mientras la mezcla rozaba sus labios, la voz sibilante volvió a nacer del fondo de su mente:
—Sus miedos y sus deseos los matarán.
Quiso apretar las mandíbulas. Quiso gritar. Quiso volcar el vaso. Pero los músculos de sus brazos lo obligaron a volcar el líquido en su garganta, tragando a buches desesperados.
El dolor fue instantáneo y atroz.
Sus labios, lengua, paladar y esófago se deshicieron de inmediato en una espuma blanca y corrosiva. Sintió las entrañas derretirse, ardiendo desde adentro en una combustión química implacable, sin poder frenar el trago involuntario.
Antes de colapsar, sus dedos aflojaron el agarre y soltaron el vaso de acero. El recipiente rodó por la madera de la barra junto a la jarra de cristal. Las últimas gotas del líquido burbujearon sobre el roble, carcomiendo la superficie y levantando una columna de humo blanco con olor a azufre.
No había licor en la mansión. Jorge se había quemado vivo desde el estómago tomando un vaso lleno de ácido puro. Su cuerpo cayó pesado contra el suelo, quedando inmóvil en medio de un charco que continuaba efervescente.
III. La guillotina
Ajena a la agonía en el bar, Cecilia llegó finalmente a la habitación posterior que la voz le había indicado. Cerró la puerta de roble con extremo cuidado, asegurando el picaporte sin hacer ruido. No estaba dispuesta a compartir el botín con ninguno de los sobrevivientes.
Avanzó por la pieza registrando cada rincón con ojos febriles y codiciosos. Cajón por cajón, ropero por ropero. No encontró nada. Frustrada y jadeante, se sentó en el borde de la cama matrimonial. Al apoyar las manos sobre la colcha fría, la memoria la apuñaló de golpe:
A los quince años, trabajando como empleada de limpieza en una mansión de la zona alta. Sola en la recámara principal, abriendo un joyero de caoba donde descansaba una lapicera de oro macizo. La tentación venciendo a la razón. Deslizando el objeto dentro de su bolso. El primer robo.
La voz sibilante que la había guiado resopló de nuevo a escasos centímetros de su nuca:
—La caja fuerte está detrás del cuadro...
Cecilia levantó la vista de inmediato. Un óleo antiguo de rostro sombrío dominaba la pared principal. Se acercó a paso firme y descolgó la pintura de un tirón.
Clinc.
Un eco metálico rebotó en el suelo de parquet. Una llave dorada reluciente acababa de caer a sus pies. Se agachó a toda prisa para recogerla y, al erguirse, la vio: la puerta de hierro negro de una caja fuerte incrustada en el muro. Sonrió con satisfacción salvaje; era su victoria.
Introdujo la llave en el cerrojo y la giró. El mecanismo interno cedió con un clac pesado. Al abrir la puerta, sobre una almohadilla de terciopelo negro dentro de una urna de cristal, resplandecía un collar de diamantes purísimos.
La codicia la encegueció por completo. Sin vacilar, Cecilia metió ambos brazos hasta los codos dentro del cubo de acero para tomar el collar.
En un pestañeo, la luz de la habitación se apagó. Un chasquido brutal desgarró el aire.
¡CLACK!
Una pesada hoja de acero afilado cayó desde la parte superior del marco interno de la caja fuerte como una guillotina perfecta.
Los dos antebrazos de Cecilia quedaron cercenados dentro del compartimento metálico.
Se desplomó de rodillas al instante, abrazando frenéticamente sus muñones cercenados mientras la sangre brotaba a borbotones pulsátiles, manchando el piso y sus ropas. Gritó. Aulló con la garganta desgarrada, pero las paredes de la habitación absorbieron el sonido por completo; la estancia se había transformado en una tumba insonorizada.
Mientras se retorcía sobre el suelo en medio de un charco tibio, una sombra densa brotó de los rincones oscuros de la pieza. Se inclinó sobre ella y le susurró al oído con un aliento congelado:
—Sus miedos y sus deseos los matarán.
Cecilia, empapada en su propia sangre y al borde del shock hipovolémico, levantó la mirada con terror agónico. La sombra alzó su mano diestra: entre sus dedos oscuros sostenía la lapicera de oro macizo.
Como un puñal certero, la sombra se la clavó de un solo golpe directo en la yugular. Seco. Preciso. Mortal.
El cuerpo de Cecilia se desplomó hacia adelante. Sin vida. Dentro de la caja fuerte, sobre la almohadilla de terciopelo y junto al collar que jamás llegó a tocar, quedaron sus dos manos cercenadas. Y clavada en su cuello, brillando bajo la luz agónica de la luna, permaneció la misma lapicera dorada que había robado a los quince años.