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CONDENADOS

RaMarSa

Contenido de la publicación

Un año después de la masacre que conmocionó al país, el misterio de la mansión Newhell seguía sin resolverse del todo. En una lúgubre y fría habitación Leonardo permanecía confinado, amarrado por una ajustada camisa de fuerza. La puerta de metal se abrió con un quejido pesado para dejar pasar a una joven oficial de policía; en la placa dorada de su uniforme impecable podía leerse con claridad el nombre: MARIELA BÁEZ. Había ido hasta allí dispuesta a interrogarlo una vez más.

Con Leonardo sentado en el borde de la cama y la oficial posicionada en una silla fija justo frente a él, comenzaron las preguntas.

—¿Qué pasó en la mansión la madrugada del primero de enero del año pasado? —preguntó Mariela, manteniendo una voz firme pero amable, intentando que el sospechoso bajara la guardia.

—Ya se lo dije... No recuerdo nada después de cruzar el umbral de esa casa —respondió Leonardo con voz monocorde.

—Algo tienes que saber —insistió la oficial, inclinándose hacia adelante—. ¿Cómo es posible que de las ocho personas que entraron, solo usted haya salido caminando de ahí adentro?

En ese instante, las facciones de Leonardo comenzaron a transformarse. Sus ojos fijos mutaron en esa mirada gélida, desorientada y carente de toda alma que había exhibido durante la matanza. Una presencia invisible pareció ocupar el aire de la celda.

—Ya le respondí —repitió, y su tono de voz arrastró un eco sutilmente inhumano—. No recuerdo nada. Mi último recuerdo real es estar sentado en la vereda, fuera de la mansión, con la ropa empapada en sangre.

Perdiendo los estribos, Mariela se levantó de la silla de manera brusca. El enojo y la frustración le tiñeron el rostro mientras empezaba a recriminarle a los gritos:

—¡¿Pero cómo no vas a recordar que mataste a todos tus amigos?! El arma de fuego, la lapicera de oro, el bisturí, el recipiente de ácido... ¡Hasta los picaportes de las habitaciones donde ocurrieron los hechos tienen tus huellas dactilares!

Completamente desbordada por la furia, la oficial Báez se abalanzó sobre Leonardo. Lo tomó con ambas manos de las correas de la camisa de fuerza, zamarreándolo y presionándolo contra la pared de la celda mientras le escupía la pregunta con asco:

—¡¿Cómo pudiste violar brutalmente y sin escrúpulos a una chica de dieciséis años?!

El tiempo pareció detenerse. Aunque Leonardo estaba completamente inmovilizado por el chaleco de fuerza, dos manos gélidas e invisibles brotaron de la penumbra y se aferraron con una fuerza descomunal a los brazos de Mariela, dejándola totalmente inerte, incapaz de retroceder o soltarse.

Mientras Leonardo se recomponía lentamente, erguido frente a ella con una sonrisa torcida, una ráfaga de imágenes ajenas invadió la mente de la oficial: se vio a sí misma años atrás, siendo una adolescente atemorizada en una cama, mirando con horror cómo un hombre corpulento —su propio padre— cerraba la puerta de la habitación mientras se desabrochaba el cinturón.

En medio de esa dolorosa transición mental, la voz susurrante de Leonardo le taladró los oídos:—¿Te duele lo que le pasó a María... porque es lo mismo que tu padre te hacía a vos?

Inmediatamente después, otro recuerdo reprimido estalló en su cabeza: la imagen de una joven cadete uniformada, empujada con violencia sobre su propia cama , estirando la mano hacia su mesa de luz logra empuñar su arma reglamentaria, disparando una, dos, tres veces, contra el cuerpo de su agresor, puso fin a su vida.

Mientras el eco de aquellos disparos del pasado retumbaba en el cerebro de Mariela, la entidad que habitaba en Leonardo se inclinó hacia su oído, rozándole la piel con un aliento helado:

—¿Te hiciste policía para eliminar violadores?

Una risa macabra, distorsionada y diabólica comenzó a resonar en las cuatro paredes de la habitación del hospital. Al liberarse del trance, el pánico absoluto se apoderó de Mariela. Saltándose del la entidad, la oficial comenzó a gritar con desesperación, corriendo hacia la salida y golpeando la pesada puerta de metal con los puños en un intento frenético por escapar de ese nuevo infierno.

Al escuchar desde afuera los gritos desgarradores y los golpes frenéticos que sacudían la pesada puerta de metal de la habitación, dos enfermeros y una enfermera corrieron por el pasillo del ala psiquiátrica. Al destrabar el cerrojo y abrir la puerta, el cuerpo de Mariela Báez cayó pesadamente hacia adelante, quedando de rodillas sobre el frío suelo del corredor.

La oficial ya no era la mujer firme y segura que había entrado a interrogar al sospechoso; tenía la mirada desencajada, las manos temblorosas y no podía dejar de gritar descontroladamente, atrapada en el horror de sus propios recuerdos y en la macabra revelación de la entidad.

Los dos enfermeros la tomaron de inmediato, cada uno de un brazo, e intentaron ponerla de pie y calmarla, pero fue completamente en vano. Mariela había perdido el contacto con la realidad. Sin más opciones, comenzaron a sacarla a la fuerza, arrastrándola por el largo pasillo mientras sus botas de uniforme golpeaban inútilmente contra el piso.

Mientras tanto, la enfermera se apresuró a cerrar la puerta de la celda. A través de la pequeña rendija de la mirilla, antes de que el metal se sellara por completo, se podía ver a Leonardo en la penumbra, inmóvil en su camisa de fuerza, sosteniendo esa macabra y eterna sonrisa diabólica.

La habitación quedó completamente sellada cuando el cerrojo calzó en su lugar con un golpe seco. Desde el interior, en medio del silencio total que volvió a reinar para el prisionero, el eco de los gritos desesperados de Mariela se fue perdiendo poco a poco por los corredores del manicomio, extinguiéndose a la distancia... recordándole al mundo que las garras de NEWHELL siempre encuentran la forma de alcanzar a los culpables.

Desde ese día, Mariela no volvió a su casa. Tampoco regresó jamás a la jefatura de policía, y nadie en toda la ciudad volvió a verla caminar por las calles.

Pero en una pequeña habitación del ala más profunda del nosocomio, una joven mujer con bata celeste, el rostro demacrado y una mirada completamente perdida en la nada, caminaba en círculos sin detenerse un solo segundo. Entre las cuatro paredes blancas, se la escuchaba repetir en un susurro incesante, como una condena grabada a fuego en su alma:

—Sus miedos y sus deseos los matarán... Sus miedos y sus deseos los matarán...

Final primera parte.

Dejen sus comentarios para seguir con la segunda parte de la novela.

NEWHELL

Herencia Maldita.

Thoughts

  • Ovid

    La frase que repite Mariela al final se parte en dos, miedos y deseos, y a ella le tocaron las dos mitades: entró con ganas de castigar a Leonardo y salió rota por el miedo de aquella cama. Apuesto a que en la segunda parte vamos a ver a cada uno de los ocho caer por una mitad distinta. ¡Acá va mi comentario para que siga la novela!

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  • finalArruinado

    Final primera parte, y yo que no empiezo nada sin terminar. Ya la anoté con las otras catorce que estoy esperando.

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