El rechazo
Una fuente desproporcional de vanagloria, una magistral noticia, me arremete: el rechazo. He aquí las calvicies de lo llamado bajo tierra y el fuego que arde en el núcleo de la misma, cubierta por capas y capas de profundidad que no se dan a conocer ni por el mínimo deseo de ser un distintivo del universo... Un área desconocida que apenas se puede dar con análisis superficiales, tales así como el amor. Y he aquí las estruendosas cabelleras que parten el sol, imposible de alcanzar, ardiente... el más ardiente que da vida. Ohhh, las nubes que, con el polvo de la ciénaga, dotaron de vida las tierras y formaron con barro y agua las formas de los anima vitae.
El dolor de ser vida es algo desterrante: darse con que más noches son verdes y los grifos están abiertos entre la azotea son, más bien, aberrantes. Solo veo cómo la gente va y se desliza sin llegar a un sitio donde no hay sitio. Solo veo cómo el amor les fluctúa: vuelven, retroceden, avanzan y no llegan a nada. Solo marcan sufrimiento. Solo sé qué hacer, pero no sé cómo aplicar lo que se me confunde. Me malinterpretan. Me sofoca la náusea que me espera...
He aquí el otro... una extensión de uno mismo, pero yo solo veo: nada... Ni yo lo comprendo. Es una extensión del universo material, pero no de una comprensión motora suprainteligible capaz de superar sus limitaciones... mis limitaciones de comprensión.
He de ver cómo las notas son partes de mi extensión, del todo, y, si bien no hay una verdad sugerida, solo aplicable ante los imprevistos, aun así sigo triste... triste ante aquel desconcertante aviso que marca las tres en punto, un día perdido ante mis inolvidables recesos de estudio.