A la par
Miguel Maglio
Potente, magistral, me haces recordar una vieja fascinación: radiante fuego en el umbral. Veo dentro de tu tempestad una luz en tu alma, en tu raciocinio que clama: compañía. Grita sin gritar, haces lo que no haces; sin verdades fijas, te consumes expectante. Tu voluntad, tan consumida en lo que deberías, es una constante sin fin.
Te olvidas de lo más esencial: amar, amarte, dedicarte tiempo entre aquellas supurantes grietas. Se hacía humo el negro claro-oscuro de una tenue sonrisa; quizás sea el polvo de mi angustia esa blancura que no se excita. Pues claro, dejé como el entorno de tu piel mis facultades. Fue tal la acometida, la emoción, que no me dejó tiempo para pensar.
Quiero saber si de ti se puede conocer una parte tuya, un fragmento del alma tuya, sin cuadrados encierros, sin efímeros destierros o encarcelamientos entre fierros. Un síntoma quiero tener, una esdrújula larga conmoción.
Largos contratiempos, desvíos, decrecientes. Ya no sé si siento, si se lo dedico a alguien, si existe. Pues las estocadas del sable partieron mi conciencia; de la espada de luz no hay escape, solo hay que tener paciencia.
Son dos o siete números al azar, una mente incomprendida que tira a la imaginación imprevista, desorganizada, improvisada. Tal cosa no existe, mi poesía no existe; persevera la nada.
Ante tal vibrante sentimiento, clavo este poema al olvido, sin desconciertos eternos: el anfiteatro.
Dos
Segunda parte de A la par.
Estreñimiento, velo cruzado, espacio apagado. Hacemos asociativamente un lugar, un reflejo del desamparo; calcamos un trocito de espacios en blanco, manchamos desde abajo cada retazo de boceto armado.
Pues un poema ha de ser un pedazo de alma.
¿Y qué es el alma? ¿Qué es la vida y sus consecuencias?
Como un ser puro e indigno, me tropiezo ingenuo en un mundo que no está hecho para mí, con esos retraimientos armados. Abro las comisuras de la boca para vacilar sus ánimos desconcertantes. El incapacitado ruido me hace retroceder en su llamado: sumérgete aquí abajo.
Imaginemos que de pronto no existimos y estamos solos.
Luego estoy en el fondo del mar. Allá abajo todo es náusea, todo es un reflejo de la esposa del diablo, las algas, ese viscoso en lo más profundo de mi ser, que me repugna.
Nunca vean un cuerpo desnudo para sacarle esa supuesta alma.
Pues ¿dónde está? ¿Allá abajo? ¿Arriba? ¿Atrás? ¿En las manos? ¿Dónde está condenado?
Encadenado a la silla estoy.
Ánima la vida, esperanza la vida, refugio la vida.
Sin muerte no hay vida.
¿Cómo así esas condiciones que la nutren? Ese espacio sagrado que vela por el llamado a ella, a esas condiciones aptas en un lugar restringido, ese vibrante concierto de la vida, que hace un calvario el rostro del diablo.
¿Y quién es ese demonio? ¿Acaso existe?
¿Cuánto tiempo dejé pasar en mis manos?