Al parecer no importaba el derecho de estar, como uno sin contigo, en una trágica locura de velos. Deploro las injusticias ante mis acciones; con decoro la injuria, como el peso nocturno del llamado. He aquí el desafortunado e imprevisto aviso, calumnioso aviso de las asperezas, de cuán idiota soy. ¿Quién pudiera comunicarse claramente? Ojalá pudiera yo.
Desearía romper los rotos para romper nuestra agonía. Ojalá el destino avise mis pasos interpoblados. Desde allí abajo resonaban las catacumbas post mortem. Mi sueño conciliar no podré, muerto estaré, loco pedestal demencial; una pena seguir insistiendo. Desnutrido estoy, diseccionado y seco estoy; entre esas claras asperezas lloro mares de dientes, hago lo que puedo, me replico mañana tras mañana. «Haz lo que puedes», me replicaron una mañana.
Entre ases del azar y arlequines del destino me configuro; en una astilla me siento, me duele, me sofoca, me arde quedarme sin respuestas, sin tus respuestas. Oh, ruego a la Virgen María y a los santos que vuelvas. Oh, virgencita, no me abandones, no me dejes desamparado. Tanta intensidad y carga sensorial en náuseas destechantes; ordena tus ideas, maneja la marea, maneja la calma.
Pero aun así duele tu ausencia, no se soporta. ¿Por qué aún me siento mal después de la manera en que actuaste? En el vacío más impuro y tajante me siento. No soporto ya, no más, aquel sentimiento de cuando me hiciste a un lado. No soporto esa manera en que te referiste a mí. No veo excusa ni apariencia para asumir o quedar bien. No encuentro manera en que puedas hacerme sentir mejor después de cómo reaccionaste a mí.
Recuérdalo: nunca esperarás un día más a que deje esto. Ya no puedo más. Este es el límite de mis sensaciones, es la cúspide del mal pronunciamiento. Me dijiste que siempre estoy repitiéndolo todo, que soy insoportable; me ignoraste, no te importó, hasta las últimas consecuencias. Y allí, cuando creíste que estaría sola, que no te aceptarían las personas, quisiste cambiar, y yo me mantuve deplorable, apagado, sobrio, desilusionado, distinto.
Ya no hay más ocurrencias, ya no hay más vehemencias; solo, desafortunadamente, me desespero por saber si me he de confundir realmente.
Parte dos:
Ya no me siento feliz, feliz, ¿sabes? Ya no lo sé. No me siento como las vidrieras se empañan en mi salida. El cansancio lamenta el mito partido, derecho al campo, silvestre damisela. Ya no clames por mi llegada, porque ya partí rumbo derecho al horizonte.
Ya no ves claras de fuego en mis ojos, ya no sientes la vibrante llamarada del olvido y destierro, eso que arde en mis pupilas, eso visible que antes agradaba. Ya no veo nada. Si es por ti, ya no siento nada.
¿Qué más va a dar tener algo preciso? Da igual. Rodaré por aquella noticia, acabaré con vástagos, malditos pecados capitales; romperé huesos hasta el crujir de dientes. No hay más calvicie que el liberado aviso con penetrante.