—¡Qué difícil es escucharte! No siempre estás despierto.
—Él siempre habla solo.
—No es así, solo que estoy pensándote.
—No te creo, tú siempre estás en tu cuento.
—Ya no se pueden callar... Pero antes quiero que aclaremos: de los tres, ¿quién se queda con ella?
—Pues yo, primero.
—Yo, segundo.
—Y entonces yo seré el tercero.
—Hola, amor, llegaste.
—Sí, amor, llegué esta tarde. ¿Y ya pediste?
—No, todavía no.
—El mesero: «¿Bebidas para los dos?».
—Sí, por favor, para nosotros dos. Gracias.