Por primera vez en años, he alzado la voz.
Esa voz que te vuelve valiente; esa a la que le importa poco incomodar a los demás, dispuesta a llamar —así sea en medio de la multitud o desde un balcón— con tal de encontrar un oyente.
Hice que saliera desde lo más profundo del inconsciente. Esa voz que gritaba justicia cuando alguien lanzaba un comentario hiriente. Esa que clamaba por ser escuchada delante de tu jefe, cuando la reunión ya no era un pendiente. La que le decía a tu orgullo: «Lllámala, que la quieres enfrente». La que quería decirle a Mamá cuánto se le quiere, esa que hasta ayer estuvo callada, como si los sentimientos fueran evidentes.
Alcé la voz para que todos me escucharan, porque el dolor en mi pecho era —y es— demasiado ardiente. Porque me fui con mucho por decir y admitir, y todo era difícil para mí.
Pero ya nadie la escucha. No porque no quieran, no porque no les guste, no porque no la necesiten... sino porque ya no estoy aquí.
Estoy muerto.