Todos alguna vez hemos caído rendidos ante las rosas: admiramos su belleza deslumbrante y nos perdemos en su aroma dulce y embriagador, aun sabiendo el peligro que esconden —aun cuando corremos el riesgo de espinarnos las manos, y el alma, al intentar tocarlas. Nos parece un riesgo hermoso, algo digno de ser vivido.
Pero nadie habla de los laureles. Nadie se detiene a mirarlos. Parecen simples, inofensivos, casi invisibles al lado del brillo de una flor. Y sin embargo… con el paso del tiempo, se vuelven mucho más peligrosos que cualquier rosa. No hieren de golpe, con un pinchazo que duele y se ve. Lo hacen despacio, en silencio, sin que te des cuenta. Se enraízan en tu vida, en tus pensamientos, en cada rincón de tu ser… y poco a poco, se vuelven la cosa más tóxica y, a la vez, la más necesaria para ti.
Porque al final, la rosa te lastima y te deja ver su espina. Pero el laurel… el laurel se convierte en tu aire, en tu refugio, en el silencio donde descansa tu corazón. Y aunque sepa a veneno, es el veneno del que no quiero curarme. Porque tú eres mi laurel: no te elegí por el brillo, sino por la calma que trajiste… y aunque me vuelvas parte de tu veneno, me quedo aquí, porque mi alma ya no sabe respirar sin tu hoja verde, sin tu presencia silenciosa, sin ese amor que me consume y me sostiene a la vez. 🌿❤️