La calle es lo que vos querés.
Te denigran, te putean
y el asfalto está ahí.
Te adulan, te aplauden
y el asfalto está ahí.
La luz sigue cambiando.
Verde.
Amarillo.
Rojo.
Verde, amarillo, rojo.
La calle es lo que vos querés.
El asfalto es el mismo.
Un día está buena.
Planchada.
Hay sol.
Te va bien.
Otro día, malísima.
Está seca.
Llueve.
No sale ni un mango.
Duro.
Crudo.
Te putean.
Una crack.
Una capa.
Una mendiga.
Un fracaso.
Genia.
Idola.
Ridícula.
Ingrata.
Toco el cielo
y me doy la cara contra el piso.
Me moja el barro
de una llanta que pasa rápido.
Me dejan un billete grande
y una sonrisa de oro.
Qué decir.
No mucho.
A veces canto.
Cuando me quedo sin batería.
Cuando se me pierden los auriculares.
El sol sale.
Te raja al mediodía.
Te enceguece.
O proyecta tu sombra al atardecer.
Yo chivo.
Tiemblo.
Corro.
Me caigo.
Me estiro.
Bostezo.
Río.
Lloro.
Me va re bien.
O qué decir.
La estoy remando.
Soy libre y feliz.
O realmente no sé dónde caer muerta.
Es todo eso.
Siempre.
A veces quiero.
Necesito que alguien me hable.
Otras, si me dicen más de una frase, reviento.
El viento.
El viento es un tema.
No te deja trabajar bien.
A menos que hagas todo rápido
y chiquito.
Puede ser.
Se me cansan los pies
antes que la cabeza.
O no puedo más
porque estoy pensando en cualquiera.
El sentido es presentarse.
Estar.
Y continuar.
Hay que salir.
Hay que estar.
Estar y continuar.
Uy.
Se viene el rojo.
Ya tengo que arrancar.
Me siento en la esquina y pienso:
¿Hasta llenarme de canas?
¿Hasta quedarme ciega?
¿Hasta que venga alguien
y me dé...
me dé qué?
Aparece una moto.
Y un príncipe roto
me quiere llevar por plata.
Rajá de acá, bobo.
O no.
Mejor volvé.
No sé.
No quiero hablarte mal.
No quiero hacerte sentir mal tampoco.
Quiero agradecerle a la esquina.
Agradecerle por el pan de cada día.
Y, si puedo,
escupir algún policía.
La luz cambia.
Y yo también.
Pero el asfalto
es el mismo.