Ardo en el granito de Pompeya,
soy las sombras estampadas de Hiroshima,
la mueca del genocida señalando con el dédalo,
terremotos, huracanes, devastaciones, eso soy.
Destruir mi combustión es negar la realidad que te construye,
son dos opciones ante mí:
Arrodíllate y lame mi yugo que te haré fuerte entre los cínicos,
me adorarás como a dios.
Lucha y encárame. Con tus músculos y arietes te pondré de rodillas.
Y Yo soy la fe: habló la luz desde alturas incorruptibles pero no inalcanzables.
Tócame y no cedas a tu autocontrol,
ni edifiques sobre tu propia causa,
tus ideales son efímeros, son la razón finita que jamás vencerá lo inexorable.
No venzas con la fuerza al que es el más fuerte de los soberbios, su sola risa destruye.
Su guerra, su bota que aplasta, sus heridas en tu pasado, tus traumas,
no pueden ser escalados,
bajo tu propio egoísmo de supermortal ¡Necio! No hay atajo,
solo la verdad y la humildad
de dejar tus carencias al cambiarlas por ese acto,
la liturgia de postrarse y beber del amor,
porque el amor no mira al altivo, lo esquiva,
pero abraza al humilde que aun siendo fuerte,
guarda la espada, no se rinde al mismo juego del enemigo,
que está a punto de asestarle el golpe.
Vas a unirte a los asesinos de esta era, o a los pacificadores que quedarán en pie.
No puede el asesino del tiempo, tener el tiempo de su lado mientras lo mata.
Dédalo: En la mitología Griega es el arquitecto creador del laberinto donde fue encerrado el Minotauro. Representa la creatividad humana y dominio sobre la materia pero la responsabilidad trágica de sus propias creaciones.