Ya con la primera frase me cautivó .. que gran relato
Capítulo XV: El peso de una palabra dada
Pensamiento
Ya con la primera frase me cautivó .. que gran relato
Contenido de la publicación
El amor más difícil no es el que lucha por quedarse, sino el que aprende a quedarse quieto para no lastimar.
El día que se dijeron adiós, en medio del dolor y con la voz quebrada por la evidencia del final, Jano miró a Alejandra a los ojos y le hizo una última promesa.
Una promesa firme, nacida del resto de dignidad que le quedaba y del respeto profundo que sentía por ella:
—No te voy a volver a buscar, Alejandra. No te voy a molestar más. No seguiré arruinando la poca paz que te queda. Si algún día sientes la necesidad de mi presencia, estaré esperando por ti. Si eso nunca sucede, recuerda que siempre estaré rezando por tu felicidad.
En ese momento, las palabras sonaron como un pacto necesario, una tregua para amortiguar el golpe. Jano sabía que tenía que dejarla ir, aunque una parte de él se resistiera con todas sus fuerzas.
Pero no midió el peso real de lo que estaba prometiendo hasta que los días empezaron a acumularse uno tras otro.
Porque decir «no te voy a buscar» era fácil mientras todavía estaba frente a ella.
Lo difícil sería cumplirlo cuando ella ya no estuviera.
Cumplir esa promesa se convirtió en una guerra fría y silenciosa que libraba contra sí mismo cada mañana y cada noche.
El teléfono era el campo de batalla.
Estaba ahí, a centímetros de su mano, cargado con la tentación constante de romper el pacto. Bastaba un toque en la pantalla para marcar su número, para enviarle un audio corto, para inventar cualquier excusa absurda sobre un trámite pendiente o algún objeto olvidado en el departamento.
La mente de Jano era experta en construir justificaciones impecables para romper el silencio.
«Solo quiero saber si está bien», se decía.
«Un mensaje de texto no le hace daño a nadie».
«Quizás ella también quiere saber de mí».
Cualquier pensamiento podía convertirse en una razón para acercarse.
Pero justo cuando los dedos rozaban la pantalla, la conciencia lo frenaba en seco.
Jano sabía perfectamente que romper el silencio no sería un gesto de amor, sino una emboscada.
Sería invadir el espacio que ella necesitaba para sanar, usar la culpa para mantener un hilo de contacto y poner su propia desesperación por encima de la paz de Alejandra.
Y eso era precisamente lo que ya no quería hacer.
Había pasado demasiado tiempo poniendo sus emociones por encima de las consecuencias que podían tener sobre ella.
Ahora tenía que aprender a hacer lo contrario.
Amarla en el presente significaba, precisamente, aguantarse las ganas de llamarla.
Significaba tragarse el orgullo, apretar los puños cuando la angustia le apretaba el pecho a las tres de la mañana y aceptar el costo de su ausencia.
Había noches en las que el silencio parecía interminable.
Noches en las que cualquier recuerdo podía despertar las ganas de escribirle.
Noches en las que Jano tenía que recordarse una y otra vez por qué había dado aquella palabra.
—Le diste tu palabra, Jano —se repetía en voz baja frente al espejo, como un mantra para mantener la cordura—. Si de verdad la amas, cúmplela.
Y después volvía a dejar el teléfono donde estaba.
No porque no quisiera hablarle.
Precisamente porque quería hacerlo.
Ahí estaba la verdadera dificultad.
Honrar esa palabra le quemaba por dentro, pero también le estaba enseñando algo inédito sobre sí mismo: por primera vez en su vida, era capaz de frenar sus impulsos por el bien de otra persona.
No era el Jano egoísta del pasado que buscaba salirse con la suya a toda costa.
Era un hombre aprendiendo a amar desde la renuncia.
Y renunciar no significaba que hubiera dejado de sentir.
Al contrario.
Sentía más que nunca.
Solo que ahora estaba intentando que sus sentimientos no se convirtieran nuevamente en una carga para Alejandra.
Cada día sin escribirle era una batalla ganada a sus viejos demonios.
Una victoria amarga, amoldada en la soledad de su departamento, pero una victoria al fin y al cabo.
Había días en que cumplir su promesa parecía sencillo.
Y había otros en que cinco minutos podían sentirse como una eternidad.
Pero continuaba.
Porque entendió que una promesa no demuestra su valor cuando cumplirla resulta fácil.
Se demuestra cuando cumplirla duele.
Su palabra dada a Alejandra era lo único sagrado que le quedaba, y no pensaba romperla.
Quizás ella nunca llegaría a saber cuántas veces tuvo que luchar contra sí mismo para respetarla.
Quizás nunca sabría cuántos mensajes escribió y luego borró.
Quizás nunca conocería las noches en que tuvo que elegir entre su necesidad de acercarse y el derecho de ella a tener paz.
Pero Jano lo sabía.
Y eso tenía que ser suficiente.
Porque por primera vez estaba aprendiendo que amar también podía significar no pedir nada.
No exigir una respuesta.
No reclamar un lugar.
No intentar provocar un encuentro.
Solo respetar. Solo esperar. Solo cambiar.
Y mientras los días seguían pasando, Jano comenzó a comprender que aquella promesa no era únicamente para Alejandra.
También era para él.
Era una manera de demostrar que podía ser dueño de sus actos, incluso cuando sus emociones intentaban llevarlo en otra dirección.
Que podía sentir desesperación sin convertirla en una acción.
Que podía extrañarla sin invadirla.
Que podía amarla y, al mismo tiempo, respetar su decisión.
Y quizás esa era una de las formas más difíciles de arrepentimiento:
No intentar reparar inmediatamente aquello que uno mismo había roto.
A veces, reparar también significaba dar espacio.
Callar.
Aceptar.
Y dejar que el tiempo hiciera su parte.
Jano miró nuevamente el teléfono.
Seguía ahí. Pero esta vez no lo tocó.
Respiró profundamente y apartó la mirada.
Había cumplido un día más.
Solo un día.
Pero para él, en aquella etapa de su vida, un día era una victoria.
Y mañana tendría que volver a hacerlo.
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Aprendí que amarte también significaba aceptar mi propia ausencia, guardando en silencio la promesa de no ser la sombra que te quité la paz.
#aejovenich #unmalditointentandocambiar #ficcióncontemporanea #historiasdevida
Thoughts
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Fijado por quien publicó
PermalinkYa disponible el Capítulo XVI: Lazos de sangre y espejos. #unmalditointentandocambiar
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PermalinkDesde el capítulo uno vamos viendo todo desde Jano, y aquí Alejandra queda al otro lado del teléfono sin decir nada. ¿Alguna vez pensaste en contar un capítulo desde ella?
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PermalinkTeresa, la del cuarto doce, tiene ochenta y ocho y todavía guarda en el bolso una carta que nunca mandó a un hombre de Lugo. Según el día, no mandarla fue lo mejor o lo peor que hizo. A Jano le veo esa misma cuenta: los días que salen fáciles y los de cinco minutos eternos. A mí me da que esa contabilidad no se termina, solo se vuelve más callada con los años.
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PermalinkYa con la primera frase me cautivó .. que gran relato
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PermalinkSi estuviera en el lugar de Jano, creo que no podría mantener la promesa. Serían más las ganas de intentarlo nuevamente.
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