El olor a pan tostado inundaba la cocina, pero a la casa siempre le faltaba algo. Le faltaba el ruido de los pasos de su madre, el murmullo de la radio encendida por las mañanas y esa luz que solo ella sabía darle al lugar.
Habían pasado trece meses. Un año y un mes desde que la muerte se la llevó en minutos, y Jano aún sentía que al entrar a la casa de su padre caminaba sobre terreno sagrado y en ruinas.
Don Juan estaba sentado en la terraza, mirando sus árboles con las manos juntas sobre el regazo. Llevaba la misma camisa y polerón que Jano le había visto puestos el domingo anterior.
—Papá —dijo Jano suavemente, dejando una bolsa con merengues sobre la mesa—. Traje los merengues que te gustan.
El viejo se giró despacio. Tenía los ojos cansados y cubiertos por una bruma de nostalgia permanente.
—Ah, no tenías que molestarte, hijo. Viniste el fin de semana pasado.
—Vengo porque quiero, papá. Aparte, si no vengo yo, te alimentas a puro té y dulces.
Jano sirvió dos copas con helado y se sentó frente a él. Con su padre no había espacio para la ironía ni el cinismo que solía usar como escudo con el resto del mundo. Ante este hombre viejo y roto, Jano se despojaba de todas sus defensas. Era simplemente el hijo que intentaba devolver un poco del amor que recibió.
—¿Cómo va todo en el trabajo? —preguntó Don Juan, dando una cucharada al helado.
—Bien. Bastante trabajo, para variar. Pero todo tranquilo.
El viejo asintió, mirando el recipiente con helado entre sus manos. Luego levantó la vista, clavándola directamente en Jano con esa clarividencia aterradora que solo tienen los padres que conocen el alma de sus hijos.
—¿Y ella? —preguntó con voz baja—. ¿Cómo está Alejandra?
Jano sintió que el pecho se le apretaba. Tuvo que hacer un esfuerzo para no apartar la mirada.
—No lo sé, papá. No hemos hablado. Nos dimos un tiempo.
—Hijo —suspiró Don Juan, dejando el pocillo sobre la mesa con un leve golpe—No me mientas. A tu madre le podías esconder las cosas porque te alcahueteaba todo, pero a mí no. Ella no te pidió un tiempo. Tú la cansaste.
El silencio que siguió fue denso. Jano bajó la cabeza, incapaz de defenderse. Con cualquier otra persona se habría puesto a la defensiva o habría cambiado de tema con una broma pesada, pero con su padre no podía.
—Tu madre me aguantó cincuenta años, Hijo —continuó el viejo, con una ternura arrolladora pero inflexible—. Y no porque yo fuera perfecto, sino porque cuando me equivocaba, aprendía a pedir perdón de verdad y a reparar lo que rompía. Tú tienes un corazón enorme. Eres un excelente hijo. Cuidas de mí, cuidaste a tu madre hasta su último día, eres un excelente hermano, un padre intachable con tu hijo... pero cuando quieres a una mujer, te entra un demonio por dentro. Sientes que no te mereces nada bueno y lo destruyes antes de que te lo quiten.
Las palabras de su padre calaron hondo. No había ira en la voz de Don Juan, solo una profunda preocupación.
—Tengo miedo, hijo —añadió el viejo, alcanzando la mano de Jano sobre la mesa y apretándola con fuerza— Tengo miedo de irme al lado de tu madre y dejarte aquí, rodeado de gente que te quiere como amigo o como padre, pero completamente solo en el fondo. Tienes que aprender a dejarte amar.
Jano miró las manos arrugadas de su padre sobre las suyas. Se le hizo un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar.
—Lo estoy intentando, papá —susurró, con la voz quebrada— De verdad lo estoy intentando.
—Lo sé, hijo —dijo el viejo, regalándole una sonrisa triste— Pero intentar no es suficiente cuando se trata del corazón. Tienes que sanar esa herida que te hace huir.
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Un padre que me ama me mostró la verdad sin rodeos: no se cura una herida si el miedo es el que lleva las riendas.
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