A las seis y treinta de la mañana, Jano era un hombre invulnerable.
Cruzar la puerta del departamento con rumbo a su trabajo era para él como ponerse un chaleco antibalas. En el mundo laboral, las emociones eran un lujo innecesario y la eficiencia era la única moneda con valor. Ahí, entre escritorios, llamadas telefónicas y su facilidad para resolver problemas bajo presión, Jano no tenía espacio para la ansiedad ni tiempo para los fantasmas.
Era el mejor en lo que hacía. Resolutivo, frío cuando la situación lo exigía, y con una capacidad analítica despiadada para solucionar en diez minutos lo que a otras unidades les llevaba semanas. Sus compañeros lo respetaban con una mezcla de admiración y temor; sus jefes sabían que entregarle una tarea a Jano era garantía de éxito.
—Si Jano está al mando, no hay de qué preocuparse —solían decir en la oficina.
Esa reputación no era una casualidad. Durante años, Jano había perfeccionado el arte de esconderse detrás de la productividad. El trabajo se convirtió en su anestesia preferida: cuanto más ocupada estuviera su mente, menos espacio quedaba para que la culpa y la soledad le carcomieran las entrañas.
En la oficina, las reglas eran claras y los problemas tenían soluciones lógicas. No había dilemas sentimentales, ni despedidas sin respuesta, ni ausencias que dolieran. Ahí él tenía el control absoluto.
* * *
Sin embargo, el hechizo tenía una fecha de caducidad diaria: a la hora de termino de jornada laboral.
A esa hora, cuando llegaba a casa, a Jano se le aflojaba el nudo de las zapatillas y le regresaba la pesadez al pecho.
El trayecto de regreso en el metro era la zona de transición. El momento exacto en que la armadura de asalariado brillante se desmoronaba grieta a grieta. El silencio del tráfico le devolvía el murmullo de sus propios pensamientos, y el contraste se volvía casi insoportable.
Llegar a su departamento a las dieciséis treinta de la tarde era el golpe de gracia.
Abría la puerta, encendía la luz del pasillo y se encontraba con el mismo vacío esperándolo en su habitación. El hombre invulnerable de las siete de la mañana se quitaba el polerón, colgaba las llaves y terminaba de nuevo sentado en su cama, con el cuaderno cuadriculado entre las manos, tratando de ahogar un ataque de pánico antes de que la noche lo devorara.
Aquella noche, mientras miraba su reflejo en la ventana oscura del comedor, Jano lo entendió con aterradora claridad: no servía de nada ser un gigante afuera si por dentro seguía siendo un edificio en ruinas. Estaba exhausto de actuar. Sostener la máscara se había vuelto un trabajo más pesado que la propia rutina.
Por primera vez en sus cuarenta y cinco años, comprendió que ser eficiente no era lo mismo que estar sano, y que, si no aprendía a arreglar el desastre que llevaba por dentro, la máscara terminaría por aplastarlo.
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Me cansé de actuar para un mundo que solo veía mis logros, mientras yo me aplastaba en silencio bajo el peso de mi propia armadura.
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