El primer intento fue un fracaso absoluto.
Por presión de las personas de su entorno y tras una noche particularmente densa, Jano aceptó agendar una cita con un psicólogo. Tres sesiones telefónicas de cuarenta y cinco minutos bastaron para que Jano mandara todo al diablo. Oír a un desconocido hacer preguntas predecibles desde la distancia, interrumpiéndolo con silencios clínicos y notas de voz impersonales, solo logró encenderle las alarmas de la paranoia. Sintió que lo estaban analizando como a un espécimen en un laboratorio, y su orgullo terminó por cerrar la puerta de golpe.
—Esto no es para mí —se dijo a sí mismo, cancelando la cuarta cita.
Para intentar domar la ansiedad que le oprimía el pecho, cambió el enfoque por algo que le diera una falsa sensación de control. Llenó el cajón de su velador con medicamentos naturales, pasiflora, valeriana y cápsulas herbales para conciliar el sueño. Un botiquín improvisado para acallar el cuerpo cuando la mente se negaba a dar tregua. Los remedios aflojaban la tensión muscular, sí, pero la culpa y el remordimiento seguían intactos, flotando justo debajo de la superficie.
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El cambio no llegó en un consultorio, sino en la fila de un largo listado de contactos de su celular.
Ahí se encontró con la Psicoloca, una amiga con la que llevaba tiempo sin hablar. La Psicoloca era su amiga de redes sociales, se conocieron por casualidad en la época en que Jano todavía creía tener el mundo bajo control; una mujer perspicaz, de risa fácil y que, con el paso del tiempo, se había especializado en psicología clínica. Tras el saludo protocolar y una breve charla sobre el paso de los años, decidieron conversar más tarde para ponerse al día.
Lo que empezó como un par de mensajes de cortesía por WhatsApp se transformó paulatinamente en el único refugio auténtico de Jano.
Sin la presión de un reloj marcando el fin de la consulta, ni el ritual frío de una sesión tradicional, Jano comenzó a escribirle. Al principio, tímidamente; luego, en párrafos largos que enviaba a altas horas de la noche, cuando el departamento quedaba en penumbra.
Con ella no había máscaras. Ella no ejercía como su terapeuta formal —ambos lo sabían—, sino como una amiga que entendía los laberintos de la mente y sabía formular las preguntas indicadas en el momento justo.
A través de la pantalla, Jano fue capaz de volcar lo que nunca le había dicho a nadie:
El remordimiento que le quemaba el pecho por la muerte repentina de su madre.
Las mentiras e infidelidades de sus años de juventud.
El terror irracional a la intimidad que lo llevó a distanciar a Alejandra durante años antes de permitirse amarla con todo el corazón.
Y el desgaste lento con el que terminó por ahuyentar al único amor verdadero de su vida.
La Psicoloca le respondía con notas de voz pausadas o mensajes breves que le servían de espejo. No lo juzgaba ni le daba respuestas fáciles. Le enseñaba a nombrar las emociones sin buscar culpables externos, y a entender que la ansiedad era simplemente el grito de auxilio de un hombre que llevaba décadas huyendo de su propia historia.
Para Jano, esas conversaciones informales por WhatsApp se convirtieron en su verdadero espacio de sanación. La distancia de la pantalla le daba la seguridad que necesitaba para ser vulnerable, mientras que la calidez de una voz amiga le devolvía la humanidad que había perdido en el camino.
No era una cura milagrosa, ni pretendía serlo. Pero por primera vez en años, Jano no estaba guardando sus borradores en el cajón de la noche. Por primera vez, estaba soltando la carga.
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No encontré una cura milagrosa en la distancia de los mensajes, sino el refugio tranquilo para aprender a soltar lo que me pesaba.
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