El cuaderno era de los baratos, de espirales y hojas cuadriculadas. El tipo de cuaderno que un niño llevaría a la escuela para la clase de matemáticas.
Sin embargo, para Jano, ese cuaderno era su sala de urgencias.
Estaba sentado en el borde de la cama a las tres de la mañana. La luz de linterna portátil iluminaba las páginas donde el lápiz grafito rasgaba el papel. Jano no sabía dibujar. Sus trazos eran rígidos, a veces demasiado marcados por la presión de su mano ansiosa, y las proporciones nunca quedaban del todo bien. Pero no le importaba la estética; le importaba la respiración.
Cada vez que la ansiedad le oprimía el pecho —ese aire denso que se le instalaba en los pulmones desde que la casa quedó en silencio—, sacaba el cuaderno. Un dibujo al día. A veces dos. Incluso podían llegar a ser tres si la noche se ponía particularmente oscura.
Dibujaba las cosas que a ella le gustaban; guardaba la ilusión de que, si algún día regresaba, ella misma les diera color.
El primer día que ella se fue, con la habitación todavía oliendo a su perfume y el eco de la puerta al cerrarse, Jano se hizo un pacto a sí mismo. Un pacto infantil, supersticioso y desesperado, nacido de la pura negación: Iba a hacer un dibujo cada día hasta el día en que Alejandra volviera a cruzar esa puerta.
Página a página, los días se convirtieron en semanas.
Dibujaba para no llamarla. Dibujaba para no escribirle. Dibujaba para obligar a sus dedos a concentrarse en la geometría del papel en lugar de marcar su número. Los cuadrados de la hoja le daban una falsa sensación de orden a un caos interno que amenazaba con devorarlo.
* * *
Aquella noche, mientras trazaba la silueta de un Pokémon legendario, Jano se detuvo. Miró el grosor del cuaderno. Estaba a punto de terminarse. Había más de sesenta dibujos amontonados en esas hojas. Trazos feos, imperfectos, cargados de un dolor que nadie más vería jamás.
Comenzó a revisar hacía atrás cada una de las páginas y sus dibujos. Ahí fue cuando logró ver la evolución de su propia condena.
Y entonces, por primera vez, la verdad le cayó encima con todo su peso: quizás tendría que comprar un segundo cuaderno. Y un tercero. Y un cuarto.
Quizás pasaría el resto de su vida llenando hojas cuadriculadas con dibujos torpes, envejeciendo solo en esa habitación, mientras ella rehacía su vida, se enamoraba de alguien más y olvidaba el sonido de su voz. Ella nunca iba a regresar. Su promesa no era un puente hacia Alejandra; era un altar a su propia culpa.
Jano tomó el cuaderno y lo cerró con un poco de fuerza. El sonido del cuaderno contra el velador retumbó en la penumbra.
Apretó los puños, sintiendo el impulso de romper el cuaderno en mil pedazos, de tirarlo a la basura y mandar todo al demonio. Pero no lo hizo. Apoyó la frente contra la portada azul y soltó un suspiro largo, cargado de un cansancio de años.
—Un día a la vez —murmuró para sí mismo.
Al día siguiente compraría otro cuaderno. No porque creyera que ella iba a volver, sino porque, por primera vez, entendió que el dibujo no era para traerla a ella de regreso. Era para evitar destruirse él mismo mientras aprendía a vivir con lo que había hecho.
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Acepté que las hojas ya no eran para esperar su regreso, sino el camino silencioso para aprender a sostenerme solo.
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