Hay una aritmética cruel en la memoria de un hombre que ha hecho daño, pero sobre todo de un hombre que también ha sido destruido.
Durante años, Jano creyó que las faltas del pasado caducaban con el tiempo, que las traiciones de juventud y las heridas mutuas se evaporaban en el aire sin dejar rastro. Se equivocaba. La vida no olvida; simplemente acumula los intereses.
Ahí estaban los fantasmas de sus veintes y treintas. Recordó la facilidad pasmosa con la que engañaba en sus primeros años, esa inmadurez egoísta que lo hacía jugar con el fuego sin medir las consecuencias. Pero también recordó el reverso de la moneda: los años en que el juego se le volvió en contra. Las veces que confió en quien no debía, las relaciones que terminaron en desastre por sus propios errores y el dolor punzante de ser abandonado cuando por fin creyó estar haciendo las cosas bien.
Aquellos golpes del pasado no lo hicieron más sabio; lo hicieron más duro. Se construyó una armadura de cinismo y se juró que nunca más le daría a ninguna mujer el poder de romperlo.
* * *
Y entonces apareció Alejandra.
Jano tardó casi tres años en permitir que ella se le acercara de verdad. Fueron tres años enteros de resistencia, de rechazar de plano la idea de enamorarse. Cada vez que Alejandra mostraba un gesto de ternura o un interés sincero, Jano ponía distancia, sacaba su ironía o levantaba muros invisibles. Tenía pánico. Sabía de lo que era capaz cuando amaba y, sobre todo, sabía lo mucho que dolía cuando todo salía mal.
Pero el tiempo tiene su propia paciencia. Poco a poco, con una constancia silenciosa que fue desarmando cada una de sus defensas, Alejandra se fue filtrando en su vida. Hasta que un día, Jano se descubrió mirándola a los ojos y entendió que se había rendido. La amaba. La amaba con una intensidad desmedida, distinta a todo lo que había sentido antes. Con ella se entregó entero, creyendo que por fin había pagado sus deudas y que la vida le estaba regalando una segunda oportunidad.
Ahí estuvo la trampa.
Jano intentó ser su mejor versión, incluso una que ni él mismo conocía, todo para ser el hombre digno de Alejandra, pero el miedo a perderla terminó por invocar a sus viejos fantasmas. La ansiedad descontrolada, el mal humor punzante y ese sabotaje inconsciente volvieron a brotar desde el fondo de su historia. Era como si su mente no supiera cómo habitar un amor sano sin esperar la catástrofe en cada esquina.
Ahí estaba la ironía más amarga de su existencia: se resistió años a quererla para no salir herido, y cuando por fin se atrevió a amar como nunca a nadie, fue él mismo quien terminó desgastando y destruyendo lo más sagrado que tenía. El karma no lo había golpeado con una traición externa; le había permitido probar la felicidad absoluta solo para demostrarle que el verdadero peligro no venía de afuera, sino de los demonios que aún llevaba por dentro.
Jano miró el techo de su habitación, suspiró y apagó la luz.
Entendió que su intento de cambio no podía ser una negociación para recuperar a Alejandra. El verdadero cambio empezaba por aceptar el peso de su historia, perdonarse por sus viejas deudas y entender que, a veces, la lección más dura consiste en aprender a vivir con las marcas que uno mismo se provocó.
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Dejé de huir de mi historia al apagar la luz en la penumbra; sanar no era borrar lo roto, sino aprender a no volver a destruirlo.
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